34. El caso del regato Margaridas, mitología científica y la red hidrográfica subterránea.

El regato das Margaridas -nombre que por lo que parece se refiere a un tal Margaritus, un romano dueño de estas tierras-, sigue en su nacimiento un constante curso hacia el sur recogiendo las aguas del Alto do Lousado, hasta que pasado este monte se despega  y dirige al este, hacia Vilachán, donde se une al Río dos Campos Redondos para formar el regato de Vilachán, otro río breve, que tras regar un par de kilómetros de esta aldea revuelve su curso al oeste recogiendo las aguas del Alto da Pedrada -hay que ver que prosaicos somos los galaicos poniendo nombres a los montes- y vierte generoso sus aguas al río Carballo o Tambre de la topografía 1:25.000, río Carballas para los vecinos del lugar, río jovencísimo también, pues surge de las aguas de la vertiente oeste del Alto do Lousado.

Apenas a  cuatro kilómetros de su nacimiento, el Carballas/Carballo/Tambre se basta para alimentar con su considerable caudal un pequeño salto hidroeléctrico, aunque ni su bravura ni sus tres nombres lo salvan del más bravo raudal nominalístico galaico, tan parco para con los montes como generoso con las aguas, y otros cuatro kilómetros más abajo, en su paso por la lujuriosa Loureza, el Carballas/Carballo/Tambre pasa a ser el Tamuxe, nombre que -al fin- mantiene hasta su desembocadura en el río Miño, o río-pai.

Alrededor del regato das Margaridas hay una buena colección de labores romanas y también una mina moderna de estaño, pero el Margaridas tiene interés geológico por méritos propios, pues su comportamiento como río es sumamente accidental, quizás en consonancia con que la hidronimia de comarca. Justo donde  la carretera de Vilachán a Burgueira cruza el Margaridas, el río cambia su curso de sureste a noreste para dirigirse a Vilachán, que como su propio nombre indica, es un rellano en medio de la sierra de A Groba. Este giro puede no parecer gran cosa, pero es que apenas a cincuenta metros al sur de donde la carretera cruza el río y éste gira al noreste para relajarse por los llanos de Vilachán, se inicia un profundo valle en una zona que los vecinos llaman Biduido -abedul- por el bosque que aquí había, y que desagua (es un decir, pues este valle o vaguada va más seco que una pasa)  en dirección sur, justo la que traía el río desde su nacimiento.

Pero el caso es aún más extraño, pues el Margaridas, ya convertido en Vilachán, retorna a ese mismo valle un kilómetro al sur tras haber dado un largo rodeo de casi cuatro kilómetros. En apariencia, el Margaridas es un simple caso de captura fluvial, uno más entre tantos, pero lo cierto es que contraviene la explicación usual de la erosión remontante, que dice que el río de perfil joven y más erosivo se come al río de perfil maduro o senil. En este caso, sin embargo, el Margaridas muestra un perfil de menor pendiente, mientras que el otro valle o vaguada, que hoy va seco y que aparenta ser un viejo curso abandonado, presenta un gradiente hidráulico mucho mayor, y en apariencia mayor potencionalidad erosiva.

Etos conceptos de erosión remonate, y río joven y senil van ligados a los de nivel de base y perfil de equilibrio, nociones básicas de geomorfología fluvial que a muchos estudiantes de enseñanzas medias tanto les cuesta -y con razón- entender,  y a los profesores explicar -como es lógico-.

El caso es que a pesar de que -como todo el mundo sabe y nadie hasta el momento ha sido capaz de desmentir- los ríos son cursos de agua que desciende -de arriba abajo-, los geomorfólogos -como obcecados lampreas o salmones tras su periplo oceánico- se empeñan en verlos desde su desembocadura, y desde esta perspectiva han inventado los conceptos de nivel de base a partir del cual se articula y evoluciona el perfil de equilibrio.

¿Pero cómo podría el río Tamuxe, ya discurriendo por tierras del Rosal, remontarse hasta Vilachán para someterlo a su nivel de base, y cómo podría el regato de Vilachán -o cualquier otro de la Tierra- saber dónde está el nivel de base del Tamuxe para adaptar a éste punto su fuerza erosiva?

Por lo que yo sé, nadie ha demostrado que una corriente superficial sobre un plano inclinado acabe por generar un perfil cóncavo exponencial, ni se han determinado cuales deben ser las condiciones para que esto ocurra, así que el perfil de equilibrio de un río es -en realidad-, un axioma de manual, pura tautología, como que el agua pura es incolora, inodora e insípida (y no digo que no, sino que quizá lo fuera si tal cosa existiese).

Pero veamos el asunto desde el principio:

Lo único cierto es que el conjunto de los ríos de la Tierra tiene un perfil que se adapta a la curva hipsométrica continental, un relieve originado por procesos de origen interno (la formación de montañas) y externo (su erosión).

 

Pero Venus, Mercurio, Marte, e incluso la Luna, -que carecen de agua y tienen historias geológicas tan diversas, presentan hipsogramas que -ya sea simples o dobles- son similares al terrestre, y que simplemente describen la probabilidad decreciente (exponencial) que una determinada superficie del planeta esté por encima o por debajo de la superficie media. Si el planeta tiene dos tipos de corteza (como la Tierra: continental y oceánica) tiene dos valores picos y si solo tiene un tipo de corteza (como Venus) pues tiene un solo valor pico.

El concepto de perfil de equilibrio comenzó a desarrollarse en el siglo XIX cuando la Geología era una ciencia descriptiva y taxonómica, y aportó una estructura narrativa que servía para explicar gran variedad de situaciones, a menudo contradictorias. A principios del siglo XX, el geomorfólogo W.H. Davis extendió aquella la noción a su célebre ciclo, que otorgaba a los paisajes -como si fueran seres vivos- una etapa juvenil que correspondía a la formación de montañas, una fase madura y última fase senil, en la que aquellas montañas habían sido arrasadas y convertidas en llanuras.

Por supuesto, el ciclo de Davis no era otra cosa que una metáfora biologicista que ayudaba a estructurar la descripción de un paisaje cualquiera, al modo como lo hacen los mitos, y como tal ha resultado completamente estéril como herramienta científica y apenas alumbró nuevos conocimientos o desarrollos. Hoy, el ciclo de Davis es un atavismo conservado por ciertos sectores académicos con el único fin de su propia perpetuación -de esos académicos-, para la desgracia de los estudiantes de medias e incluso algunos universitarios, obligados a este trágala, que en el mejor de los casos debería ser entendida como una fábula sobre la finiquitud y transitorio de los paisajes.

El trasfondo mítico del ciclo de Davis -que otorgaba a los paisajes un orden biológico de nacimiento, madurez y senilidad, según las propias edades del hombre-, ayudó en su día a darle enorme popularidad y amplió el concepto de perfil de equilibrio de un río para añadirle una dimensión temporal de la que en principio carecía. De este modo el perfil de equilibrio de un río pasó a definir un estado estacionario a través del que el río evolucionaba, embrollando aún más el confuso concepto inicial: los ríos evolucionan de jóvenes a seniles a través de sucesivos estados de equilibrio.

Según el estructuralismo, los mitos incorporan elementos contradictorios sin menoscabo de su función general, que es la de relacionar conceptos y realidades y codificar el mundo. Los conceptos son puestos en oposición, en yuxtaposición o en concordancia, pero lo que importa es el panorama general, que el poder relacional del mito unifica.

Como corresponde a esta función relacional, no es difícil encontrar la idea de perfil de equilibrio de un río asociado a todo tipo de propiedades y funciones diversas, a menudo contradictorias, pero que sirven -como el río mismo- para dar unidad a los perfiles visuales que el geomorfólogo advierte en el paisaje.

Así, incluso en un mismo texto, nos encontramos con que puesto en relación con una situación de descenso del nivel de base, el perfil de equilibrio es aquél que mantiene su forma mientras se encaja, y puesto en relación a los procesos de erosión y sedimentación (como fue primeramente definido) el perfil de equilibrio es aquel que minimiza aquellos, es decir, aquél río en el que no hay ni erosión en la cabecera ni sedimentación en la parte baja.

La contradicción no es un problema para el mito, ni en sus diversas versiones e interpretaciones, ni en su confrontación con la realidad. Quizá el ejemplo más sintomático es el de las presas, que según la teoría constituyen niveles de base locales que fuerzan la división del perfil longitudinal del río en dos nuevos perfiles de equilibrio. Existen multltitud de evidencias y estudios sobre las graves consecuencias que la construcción de presas tiene aguas abajo, aunque nadie ha sido capaz de demostrar cambios en el perfil del río arriba de la presa, cambios que deberían ser -al menos- tan evidentes como los que tienen lugar río abajo de la presa.

En realidad, creo que (casi) nadie espera que la mágica erosión remontante comience a erosionar el valle aguas arriba de la presa tal y como predice la noción de perfil de equilibrio, y por eso la mayor parte de los geomorfólogos eluden más o menos discretamente pisar este jardín (The dam create local upstream effects that are not the subject of this paper). Algunos, sin embargo no cejan en su empeño por extender la continuidad de su relato aguas arriba, y para lograrlo son capaces hasta de dibujar el perfil del equilibrio bajo el nivel de base, es decir, que sumergen y continúan el río bajo las aguas del embalse.

Lo dicho, a los mitómanos no les importan las contradicciones sino la continuidad del relato y su expansión, pues lo que pretenden del mito no es tanto una explicación -mejor cuanto más corta- cuanto una narración del mundo -mejor cuanto más larga-. Sin embargo, a los paisanos de A Groba -que son gente práctica- les importa un bledo la continuidad y menos les apetece que les vengan con largas explicaciones, y por eso dan un nombre -o varios, si se tercia- a cada tramo del río conforme sus genuinas propiedades …o propietarios, como es el caso del río de Margaritus.
Seamos prácticos pues, olvidemos mitologías y vayamos a lo que importa, la gran y corta verdad que todo gallego conoce desde la cuna:
El agua no erosiona, mina o, en todo caso, socava. 
Lo que se ve arriba es una mina natural de agua que apareció en la prospección del terreno para una vivienda unifamiliar. El granito encima del regato subterráneo se encuentra muy meteorizado, convertido en el típico xabre arenoso. El caso es que este regato no era el único, pues a menos de treinta metros de esta afloraban otras dos minas  dispuestas según la misma dirección estructural del granito, una de las cuales podéis ver en la foto de abajo. El lugar es Crecente, a un par de kilómetros del Miño.
Como en cualquier otro lugar de Galicia, unos metros ladera abajo de estos manantiales una levada recogía las aguas de estos manantiales para regar campos y leiras.
En la mayor parte de España los ríos son extraños caminos que vienen de lejos y que tras un más o menos breve pasar de nuevo se pierden a lo lejos tal cual vinieron, y tanto su nacimiento como su fin tan solo se vislumbran en el horizonte, el mismo horizonte por el que pasan las nubes y las lluvias que, lejos también, descargan sus aguas. En Galicia, sin embargo, vemos cómo toda la tierra se empapa de un incesante llover, y cómo rezuma y se forma el río sólo donde la tierra le indica, que es donde habita la moura.
Así que los gallegos sabemos (como los antiguos) que los ríos nacen de la tierra, no de la lluvia, que sí, moja y riega, pero que más allá de un ocasional charco o una chea, ni encauza ni hace río. Es la piedra la que guarda el agua en recónditas y subterráneas Lagoas para devolverla después a través de escogidas puertas entre las peñas, rendijas pétreas dotadas del poder de la naciente. En Galicia, un río es una corriente de agua aflorada por una potencia subterránea.
Por lo general, a los geomorfólogos y a los hidrogeólogos de salón no les gustan los ríos subterráneos, y salvo en zonas calizas, donde las grandes y accesibles cuevas se convierten en atracciones turísticas y resulta imposible negar la evidencia pública de que por ellas discurren verdaderos ríos, consideran estas corrientes subterráneas hechos aislados, excepcionales.
La realidad -sin embargo- es terca y las evidencias se acumulan en forma de titulares que anuncian el descubrimiento de nuevo ríos subterráneos en México, en China, en Romabajo el Mediterráneo, e incluso bajo el mismísimo Amazonas,  a nada menos que 4000 metros de profundidad.
La existencia de ríos subterráneos es un saber común de los gallegos. Nadie duda de ello. Yo tampoco. Son estos ríos subterráneos -como venas- los que lavan y minan la piedra, convirtiendo los más sólidos granitos en los arenosos xabres. Y son estos ríos subterráneos los que minan y socavan, desintegrando el granito, oxidando las micas, caolinizando los feldespatos, disolviendo incluso el resistente cuarzo, dejando en superficie unas huellas que no son sino el valle y la vaguada.
Muchos propietarios de pozos  (medio millón en Galicia, a decir de algunos) advierten cómo con el paso de los años su pozo da más y más agua. Bien saben por qué, pues cada tanto deben limpiar el filtro de la bomba de agua, colmatado por las arenas y limos que el pozo mismo erosiona. Lo que ocurre es que el agujero del pozo se va ensanchando por erosión, de modo que aumenta su caudal.
Las evidencias están ahí, aunque no a la vista. Los mil ríos de Galicia se caracterizan por sus límpidas aguas. En verano o en invierno, incluso durante las mayores crecidas, los ríos bajan sin apenas carga erosiva visible. Los niveles naturales de erosión son tan bajos que los ríos de zonas urbanas -como el Lagares, en Vigo- multiplican por decenas o incluso cientos de veces las tasas de erosión natural. Pero siendo baja, lo crucial es su distribución: no hay apenas datos sobre la carga de fondo, aunque se presume irrelevante; la mayor parte de la carga va en forma de partículas en suspensión y ¡¡atención! como ¡¡carga disuelta!! De hecho, según los valores publicados en este trabajo, en los ríos menos antropizados la carga disuelta multiplica por diez la carga en suspensión, una carga alimentada por las aguas que circulan bajo tierra y vuelven a manar y a fluir por superficie.
La repanocha. Éste es el gran asunto, he aquí la la clave. Las grandes cuestiones de la geomorfología de Galicia tienen esta respuesta: la erosión química subterránea.
Pero aunque no esté entre los grandes asuntos -vuelvo al hilo-, lo que tengo pendiente es el río Margaridas, ¿como aplicamos lo dicho al Margaridas? Pues de este modo: el valle de Biduido no es un curso abandonado, sino un valle en construcción por el que discurre el río Biduido, un río subterráneo.
No vemos el río Biduido ni vemos la erosión de su valle porque todo sucede bajo la superficie, pero haberlos haylos, y es esta erosión subterránea la que ahondando y agrandando el valle acabará por desviar hacia sí el Margaridas, que para entonces ya no será conocido como Margaridas ni como Vilachán, sino como río Biduido, como es lógico.

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