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49. Las aguas primigenias

El agua, las aguas, son citadas en cincuenta y seis ocasiones en el Libro del Génesis, más veces que en cualquier otro libro de la Biblia. Y según se desprende del relato, las aguas eran, con Dios mismo, lo único anterior a la creación.

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.

Las aguas del abismo, o primigenias, deificadas por Nuu en la cosmogonía egipcia y por Nammu en la sumeria, eran el origen de todo y conservaban su potencia generatriz como fuentes de la renovación y de la vida eterna.

Este poderoso mito ha conocido recurrentes transformaciones para mantener su sentido evocador hasta nuestros días, interpretado en clave científica como el éter universal del siglo XIX o ya en el siglo XX, como sopa primigenia.

Tras la creación del cielo y la tierra, de la luz y la oscuridad, el día segundo Dios hizo el firmamento que separaba las aguas superiores de las inferiores, creando así dos mundos de carácter opuesto pero de una misma naturaleza inmortal: el cielo y el infierno. Este carácter dual de las aguas se advierte todavía en la iconografía zodiacal (cuyo origen se localiza en Babilonia, lo mismo que el relato del Génesis) que identifica los símbolos del agua  -cáncer, piscis, acuario- mediante signos dobles.

La asociación de lo subterráneo con la regeneración y la resurrección no era una invención babilonia, y puede rastrearse por todo el mundo antiguo -las propias pirámides egipcias no son sino cavernas en una montaña para facilitar el tránsito del faraón al mundo inmortal–. Muchos santuarios de la Grecia clásica se localizaban en cuevas o sobre ellas, a menudo asociadas a corrientes subterráneas, y estas corrientes surgían con poderes y conocimientos arcanos. Es conocido que la fuente del santuario de Apolo en Dídima, cerca de Mileto, se secó durante los cien años que mediaron entre su saqueo por los Persas y la conquista de este Imperio por Alejandro Magno.

El tránsito por el inframundo constituía para el iniciado una experiencia trascendente de la que salía renovado y a menudo reforzado por una sabiduría esotérica, y como tal formaba parte del ciclo de hazañas de los grandes héroes, como Orfeo, Ulises o Hércules.

El cristianismo ritualizó el tránsito subterráneo en el rito del bautismo, originariamente una inmersión iniciática en las aguas. Y la simbología sanadora del agua subterránea es todavía fuerte en el cristianismo católico, que conserva cientos de santuarios milagrosos -como Lourdes o Fátima-, en los que la propia divinidad se manifiesta virginal en un manantial de aguas prístinas, como agua de roca, agua mineral.

La dualidad celeste y subterránea del agua se complementa en su ciclo de regeneración –el ciclo geológico del agua- con su doble carácter mineral y orgánico. En el mundo terrestre, el agua superficial es contaminada por su uso mundano, por su proximidad con lo orgánico. Al ser bebida, o por simple contacto en un baño –sea éste ritual o no-, el agua se lleva consigo los pecados y la suciedad, haciéndose ella misma impura, residual.

La circulación subterránea naturaliza el agua superficial, la vuelve primigenia, otorgándole una pureza idéntica a la de la lluvia –el agua celeste- pero además le añade cualidades benefactoras –sanadoras- en su mineralización.

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