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70.- Madroñero de Cal y la evidencia de una minería galaico-romana de oro y miseria.

Entre los arqueólogos especializados en la minería no es muy popular el trabajo de A. Madroñero titulado: Una posibilidad de rastreo sobre el origen de la metalurgia del estaño en España: interpretación de los petroglifos gallegos desde la explotación y el comercio del estaño antiguo. Ni siquiera lo citan y es eviente su rechazo cuando alguien como yo lo recuerda. Puede que Madroñero se haya equivocado en muchos detalles, incluso en algunas generalidades, pero me sigue gustando mucho este trabajo, me parece que su planteamiento fue pionero y todavía, veinte años después, me resulta sugerente.

Lo que estos arqueólogos vienen a decir  decir de Madroñero es algo así como lo que se puede decir de la reconstrucción de la palloza del castro de Tegra, a la que le han puesto ventanas y hasta ¡soportal!: Sí, es muy vistosa, muy turística, muy atractiva, pero no representa excatamente lo que fue, ¡vamos, que les ha salido un chalet de planta baja!

santa-tecla-celtic-village

Tegra celtic cottage

Y ya puestos a criticar, aunque es de rigor meterse con la ventana, a mi lo que me chirría es el soportalito ése, en plan palloza de apart-hotel.

De luxe cottage apart-hotel

De luxe cottage apart-hotel

Es cierto, la reconstrucción de la coqueta palloza castreña de Tegra parece sacada de “una aldea gala que resiste ahora y siempre al invasor”, y fue construida aplicando criterios de vivienda actuales, criterios más que discutibles cuando se aplican a una edificación de un mundo tan ajeno como el castrexo. Pero hay que reconocer que la reconstrucción de la palloza del Tegra, por ingenua o forzada que parezca, tuvo y tiene su valor.

Por cierto, a algunos arqueólogos tampoco les gusta nada que se relacione las pallozas con las viviendas castrexas, pero ahí tampoco estoy de acuerdo. Al fin y al cabo, ¿no se caracterizan unas y otras por ser circulares, con muros de piedra y techos de paja? ¡Pues pallozas!

A lo que iba. En realidad, lo más importante que Madroñero hizo, aparte de interpretar los grabados rupestres como herramientas mineras, cosa que hoy está más que aceptada, pues aparte de esto, digo, lo que hizo fue subordinar los hechos arqueológicos a los imperativos de la tecnología metalúrgica. Es decir, Madroñero no fundamentó su hipótesis en un determinado hallazgo arqueológico, en lo descubierto en una excavación o en otra, sino que reordenó todas las evidencias arqueológicas disponibles para dar respuesta detallada al problema minero-metalúrgico que plantea en el NW ibérico la extracción y beneficio del estaño. Este planteamiento, claro, forzaba algunas evidencias arqueológicas al límite, pero también servía de piedra de toque contra muchas suposiciones gratuitas o pasadas por alto por el relato arqueológico inductivo. Y esta forma de hacer las cosas es la que me parece más valiosa del planteamiento totalizador de Madroñero.

Por ejemplo, hace una semana, hablando con un arqueólogo que presentaba una exposición sobre una villa romana excavada en Tomiño, me desconcertó la manera cómo enseguida zanjó cuando le decía lo difícil que me resultaba entender cómo explotaban los galaicoromanos el oro. Me miró sorprendido y me dijo algo así:

– Eso está perfectamente claro. No tiene dificultad ninguna, El oro no tiene metalurgia y lo concentraban mediante hidráulica. Ya lo explica Plinio, que incluso utilizaban tojos para retener las partículas de oro.

Sí, Plinio lo dice, pero ¿acaso alguien sabe hoy cómo hacer eso? ¿y era el procedimiento habitual? ¿sirve para cualquier tipo de depósito o era un método aplicable solo a grandísimas explotaciones como Las Médulas?

Plinio lo describe como una penúltima fase de la concentración, pero ¿qué grado de concentración previa habían conseguido? ¿qué tamaño mínimo de grano se puede separar con este método? En cualquier caso debemos entender que era más eficiente que el bateo manual, pero no sabemos cuánto, ni en qué sentido, si en el de la productividad por trabajador, por tonelada o en el de la producción total.

mina en Africa

mina en Africa

Responder a todas estas cuestiones prácticas, aparentemente menores, puede poner patas arriba cualquier supuesto arqueológico. No son detalles sin importancia, al contrario, la respuesta elegida comprometerá la interpretación general de las evidencias arqueológicas. Y es imperativo contestarlas, ya que son los parámetros que determinaron toda la organización social y económica alrededor de las minería del oro. Para mí, como para Madroñero, tiene sentido ordenar las evidencias arqueológicas de campo para tratar de contestar a estas preguntas, y no al revés.

mineria del oro en Costa de Marfil

mineria del oro en Costa de Marfil

La minería es un negocio de enormes costes fijos y por eso su historia está íntimamente ligada al nacimiento del capitalismo, porque esos costes fijos en el sistema capitalista requieren de una gran concentración de capital para hacerles frente. En otro sistema no capitalista, como el romano, por ejemplo, los costes fijos pueden tarducirse como patrocinio estatal. Sea como fuera, la rentabilidad económica es clave, pero los arqueólogos no se planetan apenas un análisis de costos y beneficios -de productividad- para intentar de ahí reinterpretar lo visto en el campo.

mina romana Rosia Montana - Rumanía

mina romana Rosia Montana – Rumanía

Y sigo con el ejemplo. Según esta página de Perú, un bateador puede tratar alrededor de 1 Tn/día de material. Desde luego carecemos de cualquier referencia de los bateadores romanos, pero puesto que es un trabajo manual que ha cambiado muy poco, la capacidad de los romanos no debió ser muy diferente, si acaso menor, ya que cualquier garimpeiro tiene hoy cedazos de malla metálica para separar fracciones que no tenían los romanos. Parece lógico pensar también que el sistema de selección por urces resultaba más ventajoso que el bateo manual -quizá también con una pérdida mayor de oro- pero como punto de partida, bien vale empezar por 1 Tn/día.

En Salvaterra de Miño, una de las pocas explotaciones para la que tenemos un dato de ley media, el contenido de oro se mide en unos 0,152 g/Tn, y eso significa una producción anual por bateador de unos 55 g de oro. No hay que olvidar que la además de separar el oro, los depósitos secundarios requieren un intensísimo trabajo anterior de excavación y disgregación de las partículas, trabajos de los que forman parte la tan famosa ruina montium y los otros métodos que Plinio describió y que habría que sumar al bateo en sí. Así que supongamos que la productividad que ganaban con las urces y el bateo hidráulico en agogas la empleaban en las labores previas de machaqueo y disgregación. Total, que nos quedamos con 55 g/año por trabajador.

sulfuros oxidados en Os Buratos

sulfuros oxidados en Os Buratos

Vamos ahora a un yacimiento en primario. Pongámonos en O Burato. Pongamos que los galaico-romanos echaban el ojo a un filón y querían saber si tenía oro. ¿Cómo lo hacían? Pues igual que en secundario, machacando y tamizando una muestra (el segullo de Plinio), con un poco de agua y una batea. Vale. Parece fácil. Pero vamos al detalle. Pongamos que usaban una batea de 8 kg. Si consideraban una ley de corte de 3 ppm, tendrán que encontrar 0,024 g de oro. que es, más o menos una pepita de 1,3 mm de diámetro. Pero eso sería tener mucha suerte, pues en O Burato el oro se encuentra en forma de pequeñas partóiculas de oro, probablemente con forma de laminillas, aunque no tenemos ese dato ni conocemos su tamaño. Así que bien pudieran ser unas veinticinco laminillas de 1 mm  de largo (y 0,5 mm de ancho por 0,1 mm de grueso), o quizá unas cien de 0,064 mm de largo, que es el tamaño mínimo de la arena, o quizá unas ochocientas de 0,032 mm, que es un limo grueso. El tamaño de partícula es fundamental, pues para liberar el oro hay que pulverizar la roca hasta el mismo tamaño que la partícula de oro y entonces podremos separarlo por densidad. En los ríos, la mayor producción de un bateador se concentra en forma de partículas de tamaño de arena fina o limo grueso, así que un machaqueo a 0,064 mm parece necesario.

La Ley de Bond nos permite calcular el trabajo  empleado en este machaqueo, que para  1 Tn de granito/cuarzo a 0,064 mm será de unos 17 kw/h. Contando entonces que el gasto energético del trabajo manual es de unos 0,075 kw/h , resulta que machacar los 8 kg de la batea a 0,064 con una eficiencia del 0,9 % le llevaría al minero galaicoromano unas dos horas y diez minutos, y una hora más, 190 minutos, si machaca a 0,032 mm.

Pongamos ahora que nuestro minero galaico-romano ha encontrado oro a 3 ppm, justo en el límite de lo aceptable, y deciden explotar el filón, que tiene unos 20 metros de largo y unos 50 cm de ancho. ¡Buena suerte, justo el ancho de un hombre!  En total, 10 m3 de roca por cada metro profundizado. Eso son unas 26 Tn de granito, por 3 ppm, unos 78 gramos de oro. Si machaca a 0,064 mm, el machaqueo le llevará 7.166 horas, un año, once meses y dos semanas ininterrumpidas de trabajo de un hombre a jornadas de diez horas; si lo hace a 0,032 mm el tiempo empleado será de 10.244 horas, dos años y diez meses. Habría que añadir a este trabajo el bateo de las 26 Tn a 1 Tn/día, pero esto sería ya pecata minuta. El resultado de tanto esfuerzo eran unos 40 g de oro por hombre y año en el primer caso y 27 g en el segundo. Por supuesto, minando solo los filones más ricos se aumentaba la productividad por hora trabajada, pero a costa de la producción total. A leyes de corte de 6 ppm, por ejemplo, en O Burato la producción total se vería reducida a menos de la mitad, al 43 %. Y todo esto contando con que todo el oro de O Burato estuviese en forma de partículas mayores que el tamaño mínimo de machaqueo.

40 g de oro eran 5 áureos de Augusto, 125 denarios, media anualidad de un legionario raso poco más o menos. 40 g de oro era el jornal de cuatro meses de un bracero libre, el precio del esclavo más ruín en tiempos de guerra, cuatro o cinco meses de alquiler de un apartamento barato en Roma.  40 g de oro al año era el 21-48 % de la renta percápita media estimada para el Imperio. Y eso que estoy comparando producción con renta. A los 40 g habría que restar los costes de la propia manutención del minero y otros muchos costes asociados, como por ejemplo, la vigilancia y dirección de las minas. Si estas cuentas son más o menos correctas -y yo creo que más o menos lo son- hay que admitir que la minería galaico-romana del oro era una minería apenas de subsistencia, de absoluta miseria, de trabajos forzados, de explotación, de esclavitud.

Como Madroñero, yo creo que la arqueología está obligada a contestar a estos imperativos generales, estos límites materiales que impone la metalurgia, la técnica minera o la geología de los yacimientos, y que hay que reordenar las evidencias arqueológicas, todas parciales, locales, circunstanciales, a esta gran razón económico-minera.

No se trata de hacer un materialismo cultural, más bien al contrario, se trata de no caer en el materialismo de lo excavado, el materialismo del yacimiento. Si al desenterrar las villas romanas o los castros galaico-romanos no aparecen las cadenas no será que no existían, sino que eran más sutiles, que no dejaron un rastro material, o bien que no estamos interpretando  bien lo que vemos. ¿Qué clase de miserables eran aquellos mineros? ¿Cómo los sujetaban los romanos al penoso trabajo de las minas? ¿Cómo organizaron todo aquel inmenso campo de trabajo forzado que fue el NO ibérico?

La minería galaico-romana era ocupación antieconómica para un hombre libre y solo tenía sentido como carga de servidumbre o por interés político.  De hecho, ésta es la explicación que le dio Floro.

Así pues mandó que se explotase el suelo. Con ello los Astures, explotando la tierra esforzadamente, comenzaron a darse cuenta de sus recursos y rquezas, aunque en principio tratan de adquirir todo esto para otros

Esta condición miserable de la minería del oro también está implícita en Plinio.

Por lo demás, los montes de Hispania, áridos y estériles y en los que no crece ninguna otra cosa, son forzados a producir esta riqueza

Plinio y Floro nos hablan de un orden económico puesto al servicio del orden imperial. Y sí, ninguno de ellos habla de esclavitud, como Diodoro o Estrabón, de modo que no serían exactamente esclavos, pero eran igualmente forzados.

Veamos el problema desde una óptica económica. Probablemente los mineros no generan ni su propia manutención, así que malvivían en una economía de subsistencia, más aún, subsidiada. Y aquí está la clave: subsidiada. Si el emperador se quedaba con el oro ¿cómo subvencionaban entonces los romanos esta minería? Es decir, ¿cómo la alentaban?

La respuesta evidente es con violencia, y sí, desde luego, o con su amenaza, con el recuerdo de las guerras pasadas. Pero si Augusto no quería exterminar a los indígenas, si quería construir la paz, necesitaba llegar a algún tipo de acuerdo con ellos y ofercerles una contraprestación por su servidumbre. Por las descripciones de Plinio, el relato de Floro e incluso por las evidencias arqueológicas parece que sí, que hubo pacto, que los indígenas aceptaron la contraprestación de Augusto como pago de sus esfuerzos.

Lo que yo veo al pasear por los montes de Tomiño es una minería indígena, dispersa, extensiva a la vez que intensiva, imposible de controlar por policía alguna, una minería pobrísima en cuanto a las leyes mínimas minadas y realizada para maximizar la producción. Así que yo no creo que los  romanos estuvieran directamente comprometidos en la gestión de las minas y que se limitaban a fiscalizarlas.

Así que sí. Sí fue la munificiencia del emperador la que pagó la minería del oro, pero no con dinero. Era munificencia al estilo romano. Augusto no querría poner un legionario tras cada minero, aunque tampoco querría que otro se quedase con el oro. ¿Cómo podía hacerlo el emperador? Pues a a través de su propia clientela, integrando a los locales en ella.

divinidad galaico-romana

divinidad galaico-romana

El oro era entregado a los romanos, se exigía una producción y era pagada. Y esta aportación de oro era a su vez compensada mediante integración en el sistema de privilegios romano, es decir, otorgándoles derechos políticos, primero como clientes, y más tarde incluso como ciudadanos, cosa que sucedió con el gobierno de Vespasiano. Quizá lo de Vespasiano fue un tanto accidental, pero en cualquier caso nos habla del del éxito absoluto de este plan de integración diseñado por Augusto y basado en la minería del oro.

Vespasiano

Vespasiano

El NO hispano –montañosoárido y estéril, en el que no crece ninguna cosa–  carecía de cualquier interés para los romanos salvo el de dominarlo y el oro fue la herramienta económica que emplearon para hacerlo. Un oro que los nativos pagaron con su sangre. La intensísima y extensísima minería aurífera de Gallaecia y Asturica fue la clave para integrar a los locales en la economía romana primero, a través de ella en el sistema de relaciones clientelares y por último en su sistema político de derecho, su propia ciudadanía, que les fue concedida por Vespasiano junto al resto de la Península.

La herencia de todo aquello es larga. Gallaecia/Galicia es hoy la única entidad territorial peninsular que sigue existiendo como entidad política con su nombre romano. Gallaecia/Galicia es un relicto histórico, uno de esos patrimonios inmateriales que se llaman ahora, un legado cultural de dos mil años de antigüedad. Pero este país nació como un inmenso campo de trabajo, un pozo de miseria e inmensas riquezas. Y mucho me temo que llevamos el nombre de los capataces de aquel campo…

 

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aureo de Augusto

45. El oro del NO hispano y la política romana, II. El Imperio.

El principado de Augusto. 

Las guerras cántabras fueron para Octaviano una campaña de propaganda y justificación. La rapidez con la que las inició deja bien claro que las tenía ya  previstas a la muerte de Marco Antonio.Y de la misma manera, en cuanto venció a los astures en el monte Medulio, se dio no poca prisa en volver a Roma y encumbrarse como Augusto, iniciando su principado aunque la guerra durara todavía otros ocho largos años. Mi opinión es que Octaviano usó esta pequeña guerra de conquista para adquirir un prestigio de benefactor de la República que una guerra civil no podía darle.

Como tantos otros antes que él, Octavio/Octaviano/Augusto sometió a los bárbaros para Roma y ensanchó el imperio. Por grandes guerreros que fueran astures y cántabros, no eran más que un simple reducto, y la guerra contra ellos mucho menos arriesgada que, por ejemplo, contra los bárbaros germanos, britanos o la lejana Partia. Pero además, desde la perspectiva romana, la total conquista de Hispania remataba una aventura en la que tantos grandes generales se habían empeñado, incluyendo a su propio padre político, Julio César. De algún modo, Augusto remataba en Hispania la expansión republicana y la propia historia de la República.

Cayo Julio César Octaviano inició la conquista del último reducto no romano de la península Ibérica el año 29 a.C., a la edad de 33 años, y en los diez años siguientes el ejército romano venció y sometió primero a los astures y después a los cántabros, pueblos ambos que habitaban la cordillera Cantábrica hasta el mar y  sus estribaciones hacia el Duero por el sur. Cuando la guerra se dio por finalizada Octaviano era príncipe y emperador de Roma, con el nombre de Cayo Julio César Augusto.

Muchos autores han incluido Galicia como parte de las conquistas de Augusto y muchos manuales y publicaciones todavía muestran mapas con el avance cronológico de la ocupación romana que mostrándolo así.

Pero ni las crónicas ni los yacimientos arqueológicos ofrecen indicios de operaciones militares en el territorio de la Galicia actual. Como avancé en la entrada anterior, mi opinión es que pese a que Julio César no dejó establecimientos militares al norte del Duero tras su campaña marítima, logró al sumisión de los galaicos y su integración económica al mundo romano a través del comercio con Gades.

Gallaecia, que constituía el flanco occidental de las operaciones de Octaviano, se mantuvo leal a Roma y por ello cuando el futuro emperador venció a los últimos guerreros Astures refugiados en el monte Medulio, dividió la Provincia Ulterior en dos: Bética y Lusitania, quedando la Gallaecia junto a la Astúrica recien conquistada dentro de la Lusitania. Al fin y al cabo, los romanos entraron en contacto con Galicia, por mar o por tierra, desde el sur, a través de la Lusitania.

La lealtad de los galaicos habría tenido sus premios y honores, como la construcción de la Torre de Hércules y las Aras Sestianas, pero de modo más práctico se dejaría notar en la continuidad de las élites locales y estructuras sociales y en algunos otros privilegios.

De lo primero, sería prueba el mantenimiento de la organización territorial estructurada en torno al castellum, el castro, que es totalmente singular y exclusiva de la Gallaecia, y se mantuvo hasta finales del siglo I, con la llegada de la dinastía flavia. Aunque en Asturica e incluso en Cantabria también había castros o castella, allí la organización administrativa territorial se estructuró en relación con la gens, los pobladores, sin mayor precisión. Algunos autores creen incluso que la cultura castreña de Gallaecia vivió su esplendor en las primeras fases de la ocupación romana, en torno al cambio de milenio.

De lo segundo, Lucus Augusti, Lugo, es el único de los 43 municipios hispanos establecidos por Augusto en el cuadrante NO de la península, siendo los más próximos a Lugo, Ébora, por el sur o Calagurris (Calahorra) por el este, cualquiera de ellos a más de 500 km de la Gallaecia. El privilegio galaico sobre el NO peninsular se mantuvo a lo largo de la dinastía julia, y de los 21 municpios establecidos por los sucesores de Augusto, el único situado dentro del cuadrante NO peninsular, Claudionerio, estaba también en la Gallaecia, quizá cerca de padrón o Santiago. Los otros más cercanos al NO peninsular fueron los de Clunia, Uxama, y Termes, en la actual provincia de Soria.(Aquí, página 51)

Estos privilegios municipales y prerrogativas de Gallaecia, una región nada urbana, por otra parte, mantuvieron la impronta administrativa de esta región, que asoma de modo brevísimo entre la victoria del monte Medulio y el regreso de Augusto a Hispania en los años 15 a 13 a. C. y reaparece en la Hispania nova citerior Antoniniana de Caracalla a principios del silglo III, o en la oscura provincia Hispania superior, y sería definitivamente confirmada por la reforma de Diocleciano hacia el 284-88.

Como dije también, el Imperio Romano no tenía una frontera precisa como las actuales, y más bien hay que pensar en áreas de influencia, ejercidas las más de las veces mediante pactos y vínculos personales. Y estos vínculos y pactos, heredados y transmitidos de generación en generación, funcionaban también dentro de las fronteras del propio imperio dando solución de continuidad a la primacía política de la Gallaecia en el cuadrante NO peninsular para emerger, al cabo de los siglos, como provincia por derecho propio y con una influencia creciente hacia el este, llegando el obispo Hydacio a escribir que el emperador Teodosio había nacido en la Gallaecia porque lo había hecho en Cauca, la actual Coca, en la provincia de Segovia.

Todo esto tiene relación con la minería porque, quizá, si es que el proceso de romanización de la Asturica se hizo, al menos en un primer momento, bajo tutela administrativa y política de una Gallaecia más romanizada e integrada en el Imperio, quizá mediante una dependencia clientelar, y que mantenía unas relaciones comerciales de siglos basadas en la minería del estaño, es razonable pensar que las rutas de exploración y explotación minera hubieran ido de oeste a este, y no de este a oeste. Lo que digo es que lo razonable en este caso es que la exploración y explotación minera de la Asturica hubiera sido aboradada desde el mar hacia el interior, remontando los ríos, empezando por el Miño o el Sil.

Desde los trabajos de Domerge, en los años 60, el estudio de la minería aurífera romana en Hispania se ha centrado en la zona oeste de Castilla y León, focalizando el interés público hacia las extensas explotaciones de Las Médulas, en la cuenca del Bierzo, las mayores de la península y puede que de todo el Imperio. En los últimos años se han ampliado las investigaciones hacia la comunidad de Asturias y, en menor medida, hacia Galicia, pero la propia dinámica de los descubrimientos y la menor entidad de las minas de la zona litoral parecen colocarlas en una relación de dependencia, o quizá de subordinación, de las leonesas. Así, Sánchez-Palencia y su grupo del CSIC situan los inicios de minería aurífera de todo el NO en relación con los vestigios arqueológicos de esta zona, fechándolos hacia el final del reinado de Augusto, hacia el año 15 d.C. Brais Currás, arqueólogo de este grupo, en su trabajo sobre la minería del Baixo Miño, avisa que no existe ninguna huella firme de minería del oro prerromana en la zona, dando por hecho que esta zona es una extensión de la zona central minera de los montes galaico-leoneses y que sólo puede entenderse en relación a aquella.

Pero el caso es que suponerlo al revés, es decir, que la minería astúrica hubiese sido una extensión de la galaico-romana ayudaría a entender la participación de unos supuestos vencidos en los beneficios mineros, tal y como se desprende de la crónica de Floro, entre los siglos I y II.

Así pues mandó que se explotase el suelo. Con  ello los Astures, explotando la tierra esforzadamente, comenzaron a darse cuenta de sus recursos y rquezas, aunque en principio tratan de adquirir todo esto para otros. 

En concreto, la migración de mineros de la Gallaecia a la Asturica explicaría la naturaleza jurídica libre e indígena de la mano de obra de las grandes minas leonesas, según consta en los escasos restos epigráficos, o de la proliferación y enjambre de nuevos castros en estas zonas mineras, que vendrían a reproducir formas de asentamiento y organización social características de las zonas de donde procedían los mineros galaicos del occidente.

Vespasiano y la edad de oro: los emperadores hispanos. 

El año 69 fue el de los cuatro emperadores: Galba, Otón, Vitelo y Vespasiano. De los cuatro, tres fueron apoyados en sus pretensiones por las provincias hispanas. Aquellos fueron meses de de grandes desórdenes en todo el imperio y guerra civil. Al terminar esa convulsión, la dinastía que gobernaba el mundo había cambiado. Vespasiano y sus dos hijos, Tito y Domiciano, la corta dinastía flavia, gobernaron del año 69 al 96.

Vespasiano pagó sus apoyos hispanos mediante el extraordinario privilegio de otorgar la ciudadanía latina a la península Ibérica por entero, que así se adelantó casi siglo y medio al resto del Imperio. El hecho es aún más excepcional por cuanto incluía tanto las zonas más romanizadas y de más antiguo como las amplias áreas escasa y recientemente romanizadas del norte peninsular. El juicio de Plinio, amigo personal del emperador, no deja lugar a dudas.

En los años en que la República sufrió las turbulencias de los desórdenes políticos, el emperador Vespasiano Augusto concedió a toda Hispania el derecho latino.

La relación entre la concesión de la ciudadanía y los desórdenes es incuestionable. Vespasiano, a quien los romanos consideraban un hombre avaro y hoy podríamos tener por un gestor aceptable, pagó el apoyo de las provincias Hispanas con la ciudadanía y bajo su reinado se construyeron en Gallaecia las llamadas Vía Nova de Braga a Astorga y la Via XX por la costa, que recorrían y articulaban las zonas mineras de la costa con las del interior de la provincia.

De lo recibido a cambio de la ciudadanía latina no puede haber muchas dudas, oro y plata para los ejércitos en el peligroso trance de la sucesión. Porque, ¿qué otra cosa podrían ofrecer estas provincias más que dinero? Según Plinio, al que el propio Vespasiano nombró Procurator Metallorum, escribió en su Historia Natural que las minas del NO rendían unas 20.000 libras de oro al año, unos 80 millones de sestercios, suficiente para pagar el coste anual de seis legiones normales o cuatro pretorianas.

El caso es que tras los flavios, y con el interregno del itálico Nerva, a quien la guardia pretoriana casi obligó a renunciar en favor de Trajano, el año 98 se inició al fin el gobierno de la dinastía hispana: Trajano, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio y Cómodo, cuyos reinados señalan la edad de oro del Imperio Romano, una edad de oro en la que sin duda estuvo financiada por el oro del NO hispano.

El colapso: de los Antoninos a los Severos, emperadores de Oriente. 

En tiempos de Augusto, los gastos civiles y militares corrientes de la administración del imperio, sin contar las obras públicas, se han cifrado de 500 a unos 1.200 millones de sestercios, la mayor parte de los cuales iba destinado al pago de las legiones y licenciamiento de veteranos. No parece haber dudas de que estos gastos fueron incrementándose con sus sucesores, y Suetonio dejó escrito que Vespasiano reconoció en una ocasión que el imperio necesitaba 4.000 millones de sestercios para seguir funcionando.

En comparación con estas cifras, los 80 millones de sestercios en oro del NO puede parecer poca cosa, pero su importancia era mucho mayor por cuanto este metal fue la base de la economía monetaria del Imperio. 80 millones de sestercios en oro pesaban 6,3 Tn y en plata 77 Tn, y además de alimentar la administración rutinaria, eran estos metales los que aseguraban la lealtad de las legiones en los momentos más críticos. Además, según Plinio, cada año el Imperio enviaba a la India unos 50 millones de sestercios en metálico, esto es, casi 4 Tn de oro o 48 Tn de plata, unas cantidades que había que reponer. Así pues, la producción de oro del NO era vital para mantener la masa monetaria y asegurar el movimiento de los cientos o miles de millones de sestercios que requería el engranaje de poder imperial.

El oro amonedado comenzó a circular de modo corriente en el Imperio romano en el siglo I, bajo el reinado de Augusto, manteniendo una relación con la plata amonedada de 1:12. Es decir, un áureo, que era la moneda de oro y pesaba unos 8 gramos, valía 25 denarios, que era la moneda básica de plata y pesaba algo menos de 4 gramos. Este ratio es el que en su día establecieron las acuñaciones de Alejandro Magno o Carlomagno y es el ratio común de la Europa medieval hasta el siglo XVI, cuando la plata americana comenzó a llegar de forma masiva a Europa. Este ratio, 12:1, es probablemente, el ratio natural de la plata y el oro en la corteza de Europa y Oriente Medio.

Con Nerón, los contenidos metálicos de las monedas imperiales de oro y plata, el áureo y el denario, sufrieron una primera devaluación, descendiendo el precio nominal del oro y plata amonedados a 10:1. Es decir, como se mantuvo el valor nominal de 25 denarios por cada áureo, resultaba que por cada gramo de oro en el áureo se podían conseguir sólo diez gramos de plata en denarios.

El ratio se recuperó ligeramente durante el reinado de su sucesor Tito, pero pronto volvió a a bajar a los 10:1,manteniéndose con pequeñas variaciones durante medio siglo aproximadamente. Sin embargo, en medio del reinado feliz y pacífico de Antonino Pío, las devaluaciones de la moneda de plata comenzaron a adquirir un carácter estructural y el ratio oro:plata monetario comenzó a resentirse, bajando de 9:1 con  Marco Aurelio, el emperador filósofo. Con Cómodo, el ratio bajó de 8:1, y con Séptimo Severo llegó a 6:1, es decir, una devaluación acumulada del 50 % del oro amonedado respecto de la plata amonedada. A mediados del siglo III la plata dejó de amonedarse en el Imperio Romano.

El año del asesinato de Cómodo, el 193, fue el año de los cinco emperadores. Como ciento veinticinco años atrás, cuando el poder pasó de la dinastía julia a la flavia, el paso de la dinastía hispana de los antoninos a la oriental de los severos generó desórdenes y  guerra civil. El cambio de dinastía manifestaba también un cambio sustancial en el poder dentro del imperio: la pujanza económica y política había pasado a las provincias orientales. A finales del siglo II, la mayor parte de las minas de oro del NO hispano habían sido abandonadas, y una crisis general afectaba a la mayor parte de las áreas mineras de la península. El poder había pasado de las provincias productoras a las comerciales.

El fin de los Antoninos coincidió con el abandono de la minería aurífera del NO y el cierre de buena parte de las grandes explotaciones mineras penisulares. Sin duda concurrieron muchos factores, pero la política inflaccionista de los Antoninos tuvo consecuencias nefastas para la minería hispana y en particular para la del oro. Aunque al poner menos plata en cada denario los emperadores obtenían enormes beneficios, hicieron la propia minería del oro menos rentable, ya que la plata recibida por el oro extraído era cada vez menor.

De cualquier modo, en mi opinión, la devaluación de la plata amonedada fue un recurso de los emperadores por obtener unos recursos crecientes que la menguante minería hispana ya no podía ofrecerles. Su consecuencia, seguramente inesperada para ellos, fue que la propia minería del oro se volvió menos rentable y con ello el proceso de abandono de las minas del NO se aceleró.

Como mostré en otra entrada, la minería se desarrolla en ciclos productivos que pueden ser descritos por curvas Hubbert, y la minería aurífera del NO alcanzó su máximo en torno al final del siglo I, de modo que en tiempos de Adriano debía encontrarse ya en decadencia. Es posible incluso que el oro dacio enmascarase la disminución de la producción de la Gallaecia en el reinado de Trajano, pero enmascarado o no el agotamiento del ciclo minero, sin duda fue en este momento cuando el Estado romano adoptó una política de intervención y gestión directa de las minas para evitar su cierre. Por supuesto, no lo consiguió.