Archivo de la etiqueta: ciclo del carbono

12. A vueltas con el clima, I

Recuerdo que en la Facultad de Geología los problemas y ejercicios más diversos comenzaban por la fórmula: Tomada una muestra representativa Aquello sonaba a chamusquina y lo era, porque la cuestión fundamental de los problemas geológicos es, precisamente, el de la representatividad: elegir la muestra representativa y saber de qué es representativa.

El caso es que una vez tienes la muestra representativa en la mano, el problema está resuelto. Lo que queda es trabajo. La muestra representativa es la que te da la ley de la mina, la antigüedad de la capa, el origen del sedimento, o la composición del aire atrapado en la burbuja. A lo largo de los años, he visto una y otra vez a  geólogos que desdeñaban o seleccionaban sin mayores reparos muestras y medidas tomadas en el campo y con las que luego –ya en laboratorio o en la mesa de trabajo- pasaban a realizar concienzudos y detalladísimos análisis con siete decimales. Así, una micromedida tomada con ayuda de un microscopio electrónico sirve para decidir la temperatura de solidificación de un granito de varios de kilómetros cúbicos porque la muestra era representativa.

Por supuesto, toda medida es más o menos representativa, pero hay que saber de qué. El quiz está en comprender el factor de escala entre la muestra y el proceso. No se trata tanto de si lo medido es común o raro, grande o pequeño, sino de entender el significado de los procesos que determinaron su concentración o dispersión, su ubicuidad o su rareza. Por ejemplo, muchas mineralizaciones metálicas se encuentran asociadas a filones, así que los geólogos en el campo muestrean las fracturas y sus rellenos y se olvidan de lo demás. Pero al final, para determinar la viabilidad minera, lo que no se puede olvidar son las condiciones de representatividad de la muestra y que en este ejemplo vendrían limitadas a la extensión del cortejo filoniano.

Las mejores lecciones que nos enseñaron en la Facultad, las que todavía recuerdo, son las historias de proyectos mineros fracasados porque alguien se había olvidado de las condiciones de representatividad de las muestras, de fantásticas reconstrucciones paleoclimáticas del Cuaternario a partir de los sedimentos acumulados en embalses romanos, o de poblaciones envenenadas porque solo se atendió a la zona superior del acuífero, la más cercana a la superficie.

No hay reglas fijas para delimitar la representatividad de una medida. Los condicionantes del muestreo varían desde la simple incompetencia a la escasez de recursos, la comodidad, las dificultades de acceso, las particulares preferencias, o incluso la costumbre. A veces se imponen preferencias inconfesables o interesadas, pero en otras ocasiones simplemente se desconoce el alcance de lo que se muestrea. Y siempre puede haber sorpresas.

El carbono es relativamente abundante en la corteza, pues constituye un 1,2 % de su masa, pero es tan sólo el 0,009 % de la atmósfera, y es menos abundante aún en los océanos, donde supone solo un 0,0028 %. Y eso que el carbono es un elemento ligero y atmófilo, es decir, que tiende a constituirse como gas -el CO2– y enriquecer así la atmósfera. La razón de esta aparente inconsistencia es que los seres vivos fijamos el carbono y lo enterramos a buen recaudo en la  corteza terrestre, como un perro con su preciado hueso. Así pues, el secuestro del carbono por los seres vivos es el proceso dominante y debe ser el factor decisivo para interpretar la representatividad de una medida de CO2.

Los célebres registros del Mauna Loa y de otros muchos sitios– recogen desde hace décadas la recurrente  disminución del CO2 atmosférico cada verano y su recuperación invernal. La causa es la mayor actividad fotosintética de las plantas en verano y la degradación de la materia orgánica en invierno. Esto se nota sobre todo en el hemisferio norte, pues lo provocan las plantas terrestres, y la mayor parte de las masas continentales está en este hemisferio. En cualquier caso, la secuencia de causas y efectos es: mayor temperatura (radiación solar) → más actividad fotosintética → menos CO2 en la atmósfera.

En cambio, carecemos de registros comparables de los océanos. La causa es que somos criaturas terrestres y nos resulta mucho más costoso hacer aquellas medidas. Y más cuanta más agua encima menos información. De modo que tenemos un conocimiento más o menos aproximado de los procesos del CO2 en la superficie de los océanos, pero este conocimiento disminuye con la profundidad. Además, los procesos de difusión del CO2 en el agua son más lentos y complejos que en la atmósfera [1], por lo que la compartimentación es mayor y las medidas de una zona son menos representativas de lo que ocurre en todo el océano. Aún así, sabemos que, como las plantas terrestres, el fitoplancton marino aumenta su actividad en primavera, cuando hay más la luz solar (y sube la temperatura del aire y de la capa de agua más superficial, aunque esto al fitoplácton no le importa). Para crecer y alimentar su mayor metabolismo el fitoplancton toma CO2 del agua, con lo que también disminuye el CO2 disuelto [1] [2]. De nuevo, la secuencia de causas y efectos es: más luz solar (más temperatura) → más actividad fotosintética → menos CO2 en el agua.

A pesar de que nos refugiamos del frío en cavernas, como especie pertenecemos a los espacios abiertos. Así que del balance de CO2 en la corteza sabemos aún menos que del mar. Por un lado, el enterramiento de CO2 en la corteza terrestre se produce fijado como materia orgánica y por tanto está ligado a la productividad biológica, principalmente en mares y océanos. Del otro lado, la emisión de CO2 tiene lugar en regiones volcánicas en gigantescos eventos explosivos y de forma más o menos continuada a través de grietas o fumarolas, y fuera de estas regiones existe una emisión difusa quizá de menor entidad, también ligada a fracturas profundas. Además existe una emisión de CO2 por oxidación bacteriana de sedimentos y rocas de la que apenas sabemos nada [1] [2] [3] [4]…, y una emisión controlada por la variación de las condiciones de presión y temperatura del CO2 atrapado en suelos y rocas [1] [2]. Todas estas medidas suman los inconvenientes del acceso a medios tan inhóspitos como zonas volcánicas o el fondo de los océanos y los de una extrema segmentación.

En la atmósfera y en el océano, el aumento de la temperatura, o mejor de la luz solar, tiene como consecuencia la disminución del CO2 porque los seres vivos lo fijan y la entierran. Este es el proceso conocido. Es simple y está contrastado. Si eliminamos la temperatura como causa, no sabemos de ningún otro mecanismo que justifique las variaciones cíclicas de CO2.

A menudo se dice que los negacionistas del CO2 y el calentamiento global -entre los que me encuentro- somos una pandilla de indocumentados conspiranoides al servicio de petroleras y otros oscuros intereses económicos, y así se quiere desacreditar la evidencia que liga la temperatura a la actividad biológica y ésta a la fijación del CO2; por este orden. Del mismo modo, los calentólogos niegan que su fiebre esté alimentada por una camarilla de políticos-burócratas y organismos internacionales con nulo control democrático, que alientan la acción impositiva y reguladora de los Estados para aumentar su propio poder sustrayendo a los individuos sus derechos para resolver libremente sus propios problemas, e incluso para decidir cuáles son los problemas que quieren contribuir a resolver. Hay quien piensa que estas disputas son ajenas al debate científico y que no hacen sino embrollar el problema, pero en mi opinión están en el centro mismo del problema pues plantean la cuestión fundamental de la representatividad.

Pero el alcance e implicaciones de la disputa no se pueden entender sin atender a la naturaleza del asunto en cuestión: es una disputa por la materia de nuestra mismo ser.

Un tercio de nuestro peso es carbono. Nos relacionamos con otras personas de carbono, tenemos hijos de carbono y nos gusta verlo en nuestros jardines. Comemos carbono. Nos calentamos quemándolo,  y se lo damos a nuestros coches para desplazarnos. Por eso lo valoramos como el más preciado bien económico. Pero como nos ocurre con la comida, el carbono que excretamos es sucio. Nos disgusta la materia putrefacta, los fangos orgánicos de marismas y pantanos, donde se acumulan los desechos de organismos. Tememos la carne muerta, todo lo que huela a pérdida de carbono. Y como no somos plantas, esto incluye también al CO2.

Los humanos consumimos y evacuamos cada año una cantidad de carbono equivalente de más de 100 veces nuestra propia biomasa, y ya somos una de las mayores biomasas específicas del planeta. De modo que nos debatimos angustiados porque escasea el carbono para calentarnos y mover nuestros coches y estamos asqueados por todo el carbono que expelemos.

La disputa sobre el calentamiento global y sus causas se ha convertido en el centro del debate sobre cómo gestionar nuestro apetito, cuánto, cómo y qué debemos o podemos comer y excretar. Esta es una vieja querella sobre obligaciones y libertades, tabú y responsabilidad. Esta es la controversia científica de mayor alcance desde que en el siglo XIX se planteó si el mundo y nosotros mismos éramos el resultado de un plan divino o la espontánea consecuencia de un juego de azar. Pues bien, somos inteligentes y estamos en medio de un juego. Y lo que ahora está en juego es si la estrategia la decide una escogida representación de nuestra inteligencia, o bien la decidimos todos, porque al fin todos nos la jugamos.

11. Por qué NO creo que el CO2 sea el agente del cambio climático.

La Geología es una ciencia muy poco matematizada. A diferencia de lo que ocurre en los abordajes de la Física, la Química, o incluso de la Biología, pocos procesos geológicos pueden ser reducidos a una formulación matemática estándar. Los modelos geológicos suelen ser poco más que ejemplos, secuencias de acontecimientos o conjuntos de características –facies– de utilidad taxonómica y descriptiva, pero casi nunca prospectiva. Fuera de su ámbito estricto, los modelos geológicos tienen un alcance escaso y dudoso, y extrapolar las consecuencias de un modelo –lo que en suma es generalizar- resulta siempre arriesgado, cuando no contraproducente. Podríamos decir que la incertidumbre asociada a cualquier tipo o ejemplo geológico suele crecer en un orden superior a la de su extensión temporal o geográfica, y que la utilidad del modelo disminuye en un orden superior a su concreción. Vamos, lo que se dice matar moscas a cañonazos.

Por poner un ejemplo simple de un modelo conocido y contrastado, tomemos una de las relaciones logarítmicas que existen entre las diversas variables hidrográficas de un río: el caudal de un río a lo largo de un cauce es (suele ser) función logarítmica de la longitud del cauce medido. Bien. Esto es (suele ser) cierto. Pero también lo es que esta función cambia de un río a otro, y (de modo general) cambia más cuanto más alejadas están las cuencas, pues el régimen de lluvias o la configuración de las cuencas varía más al cambiar el clima y el relieve. Así que si medimos un río podemos extrapolar con cierta seguridad los resultados al vecino, pero con muy poca a otro río mucho más lejano, o si medimos el caudal de un gran río en su desembocadura, los resultados poco nos dirán del pequeño afluente que vierte en él sus aguas en las montañas a miles de kilómetros. Estas irregularidades hacen que las generalizaciones matemáticas sean de muy poco provecho en Geología.

Además de esta incapacidad matemática, la Geología es, por razones obvias y con diferencia, la menos experimental de las ciencias naturales. Resulta muy difícil –cuando no imposible- reproducir en un laboratorio los procesos geológicos, y sobre todo, su escala temporal. A pesar de que el actualismo haya sido desde los principios de esta ciencia una guía de enorme ayuda para desentrañar y reconstruir la historia del planeta, el presente es, apenas, una capa de polvo en la superficie terrestre. Así que, en vez de  reproducir en laboratorio el choque de continentes, el plegamiento de las capas geológicas o la evolución de las especies, los geologos experimentales construyen modelos teóricos, modelos que a los propios geólogos nos resultan casi siempre sospechosos y por los que no solemos mostrar gran aprecio y sí escepticismo, por las razones ya expuestas.

En compensación de estas carencias, la Geología es con mucho la ciencia más empírica de todas. Una medida bien hecha, un pequeño afloramiento, el registro de un fósil es para los geólogos el argumento definitivo. Para nosotros, el hecho, el dato contrastado, es mucho más fuerte que cualquier experimento o cualquier modelo teórico. De este modo –creo-, los geólogos somos tercos en la evidencia y escépticos ante la teoría.

Y aquí entra el CO2. Una de las evidencias más notables que he visto jamás en Geología es la cerrada correlación entre CO2 y temperatura medidas en el sondeo del hielo austral de la base Vostok [1] [2] Este sondeo extraordinario, cuya realización y completa medición supuso más de dos décadas de intenso trabajo, es el principal fundamento empírico de la relación entre CO2 y temperatura del aire. Y aquí es donde radica mi escepticismo, pues si la evidencia es incontestable, la interpretación de que el CO2 es la variable independiente de la correlación es gratuita, absurda e increible. Me he tomado la molestia de calcular la correlación entre las medidas de CO2 atmosférico y temperatura relativa de los registros de Vostok. Lo he hecho año a año según la escala temporal propuesta para las mediciones. El valor R2 de la correlación es de 0,76. Según la teoría, esto significa que un 76 % de la variación de la temperatura se explica por las variaciones en el contenido atmosférico de CO2. Y esto es simplemente absurdo. Según la NOAA, – por poner una referencia- las variaciones de la temperatura de la Tierra dependen de las variaciones orbitales, de la variabilidad solar, de los aerosoles volcánicos, de los aerosoles troposféricos y los gases traza atmosféricos –los famosos gases de efecto invernadero, que incluyen el metano –CH4– y el anhídrido carbónico, –CO2–. Muchos modelos climáticos incluyen también la vegetación, el albedo, el vapor de agua, el tipo de nube, el niño, la niña… ¿Pero para qué haría falta todo esto si ya tenemos explicado un 76 % de la variabilidad de la temperatura?

Lo curiosísimo es que, en la práctica y a pesar de lo que se diga, nadie cree de verdad que la variación del CO2 en la atmósfera cause de forma directa o indirecta del 76 % de la variación de la temperatura. Ni siquiera el ICCP. Y por eso, para poder explicar esa coincidencia del 76 % entre la temperatura y el CO2 de y mantener la milonga del CO2  antropogénico como causa del calentamiento global, se han inventado las famosas –y socorridas- retroalimentaciones.

El problema es: si el clima es tan complejo y todas las variables son dependientes unas de otras ¿cuánto de aquel 76 % de variación de la temperatura en los últimos 400.000 años se puede atribuir al CO2? ¿La mitad? ¿Un tercio? ¿El uno por cien? Lo cierto es que, por el momento, ninguna evidencia geológica contesta a esta pregunta. Pero si aplicáramos la correlación de Vostok al CO2 atmosférico actual, la temperatura debería ser hoy… ¡atención!!! ¡¡unos 14 º C mayor que hace un siglo!!! Y los del IPCC preocupados por unos miserables 0,8 ºC. Se me dirá que la correlación de Vostok no se puede usar para calcular el efecto de la concentración de CO2 en la temperatura global, pero entonces ¿se puede usar como prueba de los efectos del CO2 en el clima terrestre?

8. ¿Podría firmar este manifiesto a favor del Carbonífero?

Estos días anda suelta por ahí la noticia de un colega (¡ay,ay, ay..!) que quiere encerrase 48 horas en una urna con plantas para recordarnos lo buena que es la fotosíntesis, que nos da el oxígeno que respiramos.

Aparte de lo chorras del asunto (pero muy apropiado para llamar la atención de los medios y dar temita.., hay que reconocerlo),estas reivindicaciones a favor/en contra me hacen más o menos gracia dependiendo del humor con qué me pillen, pero siempre me causan una gran perplejidad, porque, de verdad!, yo con la fotosíntesis…bueno, pues vale!, pero.. ¡con sentidiño! Porque estas campañas a favor de los bosques o contra el cáncer, contra el cambio climático o a favor de la vida suelen andar muy escasas de sentidiño.

Y es que el sentido de la fotosíntesis no es liberar oxígeno, sino fijar carbono. Por cada átomo de carbono fijado, las plantas -que son quienes hacen este trabajiño- liberan una molécula de O2 (y consumen una de agua). Aunque luego vuelvan a respirar parte de este oxigeno, el balance final es que el oxígeno sobra y deben expulsarlo, es decir, que el oxígeno es un residuo de la fotosíntesis; una basurilla, vamos, una caca.

En nuestro planeta hay residuos y residuos… Muchos yacimientos metálicos, por ejemplo, se forman como residuos de la solidificación de magmas. El oro, metal noble donde los haya, se concentra en los últimos fluidos de los magmas graníticos precisamente por su nobleza, que es su incapacidad para ligarse a otros elementos y formar minerales. De esta forma, a pesar de que su punto de fusión (y solidificación) supera los 1000 ºC, permanece (como si se tratase de posos de café) en los fluidos del magma a medida que se solidifica, y de este modo su concentración se enriquece para quedar finalmente asociado a las vetas de cuarzo, que cristalizan a unos 550 ºC. Gracias a su nobleza, el oro –que es rarísimo en la corteza terrestre- se enriquece como residuo y podemos minar sus caquillas, que por raras, son tan valiosas.

Eso el oro, porque el oxígeno es una basurilla muy común. El oxígeno es, de hecho, el elemento más común de la corteza terrestre, de la que supone casi la mitad de su masa. Así que el oxígeno es una basurilla muy poco valiosa, y por encima es lo más rastrero que hay; vamos, que se queda pegado a todo y a todos, y forma óxidos con casi cualquier metal o no metal que se le ponga por delante, que tanto le da carne que pescado. En realidad, la corteza terrestre -la litosfera- es una capa de minerales oxidados –litófilos-, minerales formados por elementos con especial afinidad por el oxígeno.

La atmósfera original de la Tierra no tenía gota de oxígeno (todo lo más, media gota). Y pese a ello la vida surgió. Incluso hay quien cree que la vida no pudiera haber brotado en una atmósfera como la actual, pues el oxígeno es demasiado reactivo y enseguida habría oxidado y degradado las delicadas y largas moléculas de carbono que están en origen de la vida y que deben ser protegidas por otras moléculas más resistentes formando capas y membranas, Al fin y al cabo, nuestra piel no es sino una coraza de células muertas y execrencias varias, y cualquier quiebra de esa coraza es una herida abierta. Todo el ciclo de la respiración –los famosos ciclos de Krebs y el otro- no son sino vueltas y revueltas para no tratar de forma directa con el oxígeno, peligroso comburente. Respirar es romper los enlaces de las moléculas orgánicas y aprovechar su energía y para hacerlo los organismos usan los electrones del oxígeno (o del azufre o incluso del hierro ferroso) con los cuales completan los orbitales antes compartidos. La diferencia entre respirar y combustionar es la misma que existe entre una explosión atómica y hacer funcionar una central nuclear, se trata de mantener el control del proceso. En este sentido, la quema de combustibles fósiles es equivalente a una gran exhalación.

Y ahora, ¿qué es lo que tenemos en nuestra atmósfera?: Pues tenemos un 21 % de oxígeno y un 0,03 % de CO2. Y la culpa no es del chachachá, es cosa de la fotosíntesis. Venus y Marte, nuestros planetas vecinos, tienen ambos atmósferas anóxicas compuestas en un 95 % por CO2, que es la atmósfera que posiblemente tendría la Tierra de no ser por la fotosíntesis. Y entonces ¿dónde está el carbono terrestre? Pues en su mayor parte está enterrado en la corteza, puesto a buen recaudo por las plantas. La masa de la Tierra es de unos 6 1012 GT, y la corteza terrestre es el 0,04 % de la masa total, unas 2,4 109 GT. El carbono es aproximadamente un 0,1 % de la corteza, unas 2,4 106 GT. Ahora bien, esto es más o menos lo que pesa la atmósfera terrestre (5,1 106 GT), de este modo tenemos que la práctica totalidad del carbono de la atmósfera primitiva de la Tierra fue secuestrado por las plantas fotosintéticas y escondido en la corteza.

Esconder el carbono es una excelente estrategia de competencia y aniquilación, el tipo de maniobra implacable que tanto gusta a los biólogos evolutivos y otros moralistas económicos: reduce la disponibilidad de lo necesario –el carbono- y genera a su alrededor un ambiente excitable y sumamente corrosivo, una venenosa atmósfera de oxígeno. Y por si todo esto fuera poco, la atmósfera de oxígeno supone un beneficio general para la vida en la Tierra, pues al ser el O2 más ligero que el inocuo CO2, (aunque no que el venenoso CO), lo mantiene pegadito a la superficie terrestre, impidiendo que el preciado carbono pueda escapar al espacio exterior.

Así pues, como si de un perro con su preciado su hueso se tratase, las plantas han enterrado 2.400.000 GT de carbono y sólo quedan en la atmósfera 750 GT de este carbono (atmófilo donde los haya), poco más que las 560 GT que forman la materia viva de la Tierra.

En expresión resumida, la fotosíntesis puede expresarse como sigue:

6 CO2 + 6 H2O + luz → C6H12O6 + calor

El caso es que la disponibilidad de CO2 es el principal factor limitante de la producción biológica del planeta.

Para el conjunto de la biosfera, el aprovechamiento de la energía solar es del 0,1 % de la energía lumínica disponible, y aunque el agua es escasa en muchas áreas continentales, en conjunto, el aprovechamiento de los recursos hídricos disponibles apenas alcanza el 1 % del total, pues las precipitaciones sobre los continentes (unos 110.000 km3) multiplican por cien el volumen de agua en la biomasa terrestre (unos 1.120 km3) y para el 70 % de la superficie del planeta ocupada por mares, la disponibilidad de agua es, simplemente, total. En contraste con esta hiperabundancia de luz y agua, el carbono disponible en la atmósfera (750 GT) apenas multiplica por quince la demanda anual de carbono para producción primaria terrestre (50 GT).

La escasez de CO2 en los ecosistemas terrestres es una buena explicación para la ineficiencia del propio proceso fotosintético, que tiene un rendimiento medio del 1 % en la transformación de la energía lumínica en energía química, mientras que los  actuales paneles fotovoltaicos presentan rendimientos cercanos al 20 % en conversión energética. La clave del bajo rendimiento fotosintético es la escasa actividad de la enzima Rubisco, que cataliza la condensación de tres moléculas de CO2 por segundo, mientras que la mayoría de las enzimas unen alrededor de mil moléculas de sustrato por segundo. La Rubisco es la enzima más abundante de la biosfera al constituir alrededor del 50% de la proteína soluble de las hojas de las plantas,  y es la variable interna de mayor influencia sobre la fijación de CO2.

La mayor disponibilidad de carbono en los océanos (38.000 GT, un 2 % en forma de CO2 disuelto y el resto como bicarbonato), podría explicar también la enorme productividad primaria de la biomasa marina, que con apenas un 10 % de la biomasa terrestre (50 y 560 GT CO2 respectivamente) genera la mitad de la  producción primaria, es decir una productividad diez veces superior a la terrestre.

El afán de las plantas fotosintéticas por secuestrar carbono mantiene en la atmósfera lo que posiblemente es una mínima reserva  de CO para asegurar el nivel de producción primaria. Por supuesto, sólo una pequeña parte (quizas un 0,2-1 %) de la producción primaria es definitivamente enterrada en la litosfera, mientras que el resto es de nuevo degradada y reincoporada a las reservas atmosféricas de CO2, pero con un consumo anual bruto de 1/15 de las reservas atmosféricas, la disponibilidad de carbono parece sumamente dependiente incluso de una pequeña pérdida del 0,2-1 % anual. En el océano, contando con que el carbono en forma de CO2 sea un 5 % del total y el resto bicarbonato, el consumo bruto anual puede rondar el 1/40 del carbono asimilable y la reserva de carbono en forma de bicarbonatos es aquí considerable, pero su conversión es siempre más lenta y podría verse afectada por la elevación del pH derivada de una rápida caída en la presión parcial del CO2. A corto plazo -al menos en una escala geológica- la continuidad de la vida sobre la Tierra parece depender de un aporte estable de CO2 desde la litosfera y en equilibrio con la sedimentación.

En este momento no hay ningún mecanismo que explique cómo las emisiones de volcánicas de CO2 y la meteorización de las rocas carbonatadas puedan haber alcanzado un equilibrio dinámico con la sedimentación de carbonoo siquiera si este equilibrio o se mantuvo o se alcanzó en algún momento del pasado. Sin embargo este es un supuesto habitual, y puede encontrase en cualquier informe oficial, como este del USGS:

Before human influences, transfers were approximately equalized so that the amount of CO2 in the atmosphere had remained nearly constant for thousands of years

Pero incluso una pequeña diferencia anual de -0,2 GT (un error bastante menor que las desaparecidas 1-3 GT de CO2 antropogénico) entre el carbono sedimentado y el emitido por volcanes y la meteorización de los carbonatos pueden convertirse en una pérdida de 2.000 GT en sólo 10.000 años y en 20.000 GT -la mitad del carbono de la superficie terrestre- en 100.000 años, provocando un colapso biológico y ambiental grabado en el registro geológico como una súbita e intempestiva extinción masiva. Puede que semejante a lo ocurrido a finales del Carbonífero.

Y hablando del Carbonífero, período de extensos bosques y un insuperable record del 35 % de oxígeno en la atmósfera, vuelvo a la campaña pro-oxigenación atmosférica de mi querido colega Ian Stewart. Un objetivo realista pero mesurable, significativo a escala planetaria y que constituya un patrimonio para las generaciones venideras, quizá  sería aumentar un 1 % la masa de oxígeno en la atmósfera en el plazo de una generación. El oxígeno constituye un 23 % de la masa atmosférica, es decir algo más de 1,2 106 GT, y un 1% son 12.000 GT. Como para liberar 2 átomos de oxígeno hay que fijar 1 átomo de carbono, resulta que aumentar ese 1 % de oxígeno en el término de una generación (digamos… en 20 años) equivale a fijar 4.500 GT de carbón, o sea, 225 GT por año. Lo malo es que, como hemos visto, en la atmósfera solo hay unas 750 GT de CO2 , así que el tercer año de nuestro proyecto agotaríamos el carbono atmosférico y todas las plantas del planeta dejarían de crecer. ¡¡Sin duda un Carbonífero relámpago!!