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46. El consumo de agua en España

Aún con una población de siete mil millones de personas, el caudal medio del río Miño se bastaría para dar de beber a todo el mundo. De hecho, la capacidad embalsada de la cuenca hidrográfica del Miño-Sil, -unos 3,03 km3– basta para acumular el agua que la población del planeta necesita beber en un año. Por supuesto, en nuestra vida diaria usamos el agua para otras muchas cosas, como cocinar, lavarnos, llenar piscinas o regar jardines, pero aún así la capacidad embalsada en España, -unos 56 km3-, sería suficiente para almacenar el agua de novecientos millones de personas durante un año con un uso personal de unos 170 litros diarios, que es el actual consumo doméstico medio de los españoles.

Pero esta aparente abundancia es engañosa. El consumo doméstico representa en torno a un 10-15 % del consumo total de agua; la mayor parte -alrededor de un 80 %- se destina a riego agrícola y en torno a un 5 % es consumo industrial. Así, los 170 litros se convierten en 1700 litros por persona y día, unos 28 km3 de agua consumida cada año en España, Además, este consumo no cuantifica las pérdidas por transporte, difíciles de calcular pero que se estiman entre un 10-20 % en los ámbitos urbanos y puede que más en el transporte para riego. El consumo final de 30 Km3/año supone algo más de la mitad de la capacidad de embalse del país, que dispone de una capacidad de acopio para algo más de año y medio. ¿Es esto suficiente? ¿Qué posibilidades tenemos de aumentar el consumo?

Las precipitaciones medias en España peninsular son de 650 l/m2 y año, y la superficie es de unos 480.000 km2, lo que resulta en unos recursos potenciales absolutos de 312 Km3. No obstante, a estas lluvias hay que restarles la evaporación del agua del suelo por el calor y por la respiración de las plantas. Estas pérdidas se evalúan mediante la evapotranspiración potencial –ETP- que en España alcanza valores muy altos, mayores de hecho que las precipitaciones en buena parte del territorio. Por supuesto, la ET-real no puede ser mayor que las precipitaciones, de modo que en Galicia, donde el balance hídrico es positivo la ET-real se ajusta a la ETP, y en la vertiente mediterránea, donde el balance es negativo, la ET-real se ajusta a las precipitaciones.

Con valores mayores de ETP que de precipitaciones las lluvias se evaporan y los suelos se secan, por lo que –salvo el caso de lluvias torrenciales, que generan otros problemas- no llega agua a los embalses y se produce la sequía. En todas partes -incluso en Galicia o la cornisa cantábrica- los suelos se secan en verano y los ríos pierden caudal, a la vez que la demanda de agua para consumo humano y agrícola aumenta por causa del calor.

Así que de los 312 Km3 de lluvias medias que cada año caen en España, solo un tercio, unos 100 km3 llegan a los ríos y pueden ser embalsadas. Si descontamos un 25 % de mínimo caudal ecológico para que los ríos y los ecosistemas que dependen de ellos no desaparezcan convertidos en acequias y desiertos, tenemos cada año circulan por nuestros ríos 75 km3 embalsables, de los que consumimos el 40 %.

Pudiera parecer que todavía hay margen para aumentar el consumo y volumen de agua embalsada, pero en España tenemos ya más de 1200 presas, más que cualquier otro país europeo y sólo somos superados por países gigantescos como USA, China o India. El caso es que los mejores lugares para construir presas ya las tienen y con la configuración de nuestros ríos y cuencas, el embalsado de aguas fluviales está próximo al límite de utilidad económica. Además, las zonas de excedente y déficit hídrico –Galicia y cornisa cantábrica por un lado y el Levante mediterráneo y Andalucía por otro- están en extremos opuestos de la Península, separadas por zonas montañosas que convierten los trasvases en empresas ruinosas.

Así pues, el consumo de agua actual, -que supone casi un 60 % de la capacidad de embalse-, está ya en el límite operativo que imponen las fluctuaciones meteorológicas anuales y su crecimiento se acerca al límite de marginalidad económica, de modo que ya no solo constituye una amenaza para la vida de las zonas húmedas y estuarios, sino que entra en competencia con el aprovechamiento del agua embalsada para la producción de energía hidroeléctrica y señala el punto de inflexión en el que las políticas de oferta deben ceder el paso a las del lado de la demanda, es decir, de la racionalización del consumo.

 

20. Una expresión lineal del ciclo hidrológico

Por razones que no vienen al caso estaba ndole una vuelta al ciclo hidrológico cuando se me ocurrió si podría representarse de un modo más directo, más inmediato. Pues eso, sin darle tantas vueltas.  Así que enfrenté los volúmenes de agua de cada reservorio según USGS a los tiempos de residencia del agua en cada uno de ellos. Bueno, hice algún cambio. Para el agua subterránea (a la que la Unesco, el Max Plank Institute of Meteorology, el SHI y alguno más, dan un tiempo de residencia de 2 semanas a 10.000 años; ya les vale) estimé el tiempo de residencia suponiendo una velocidad de flujo igual al caudal ecológico de los ríos, que es el mínimo caudal que permite subsistir a la biomasa del río -incluyendo la vegetación ribereña-  y que suele valorarse en un 10 % del caudal medio. El resultado de este apaño es: 154.528 días, es decir unos 423 años, lo que tampoco me parece descabellado. Para pantanos (swamps: juncales, marismas, turbas, etc) y suelos, con tiempos de residencia de uno a diez años y de quince días a un año, dispongo el valor medio de los logaritmos de tiempos, lo que resulta en 1.154 días (tres años y dos meses) y 74 días respectivamente. Esta misma estimación para las aguas subterráneas resultaría en un tiempo de residencia de 666 años. Por ahí andará.

La expresión nos permite también una primera estimación del tiempo de residencia para el permafrost, que sería de 1.601 días, cuatro años, cuatro meses y tres semanas.

Bueno, pues no cabe duda de que la correlación expresa de un modo bastante elegante e inmediato el equilibrio entre todos los ramales del ciclo del agua.

El equilibrio es la cuestión básica para que el ciclo hidrológico siga siendo un ciclo, pues si no existiese, el agua acabaría por acumularse en alguno de los reservorios geológicos. De hecho, las desviaciones de la recta de equilibrio nos muestran estos sumideros y remolinos del ciclo.

La atmósfera, por ejemplo, presenta un ciclo mucho más corto de lo esperado pues con el ciclo general existe un remolino de evaporación y precipitación del agua oceánica que no se incorpora al resto de los flujos. No obstante, este desajuste desaparece si el tiempo de residencia lo estimamos considerando en solo las precipitaciones continentales, que son las que alimentan ríos, glaciares, etc. y que son aproximadamente un quinto de las totales. Algo similar ocurre con los seres vivos –concretamente los bosques y la vegetación- y la humedad del suelo, y lo mismo para los ríos.

Por el contrario, los pantanos, aguas subterráneas, lagos y glaciares muestran un tiempo de residencia mucho mayor de lo esperado, denunciando que estos reservorios funcionan como sumideros y son en buena medida agua fósil, es decir, un recurso no renovable.