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12. A vueltas con el clima, I

Recuerdo que en la Facultad de Geología los problemas y ejercicios más diversos comenzaban por la fórmula: Tomada una muestra representativa Aquello sonaba a chamusquina y lo era, porque la cuestión fundamental de los problemas geológicos es, precisamente, el de la representatividad: elegir la muestra representativa y saber de qué es representativa.

El caso es que una vez tienes la muestra representativa en la mano, el problema está resuelto. Lo que queda es trabajo. La muestra representativa es la que te da la ley de la mina, la antigüedad de la capa, el origen del sedimento, o la composición del aire atrapado en la burbuja. A lo largo de los años, he visto una y otra vez a  geólogos que desdeñaban o seleccionaban sin mayores reparos muestras y medidas tomadas en el campo y con las que luego –ya en laboratorio o en la mesa de trabajo- pasaban a realizar concienzudos y detalladísimos análisis con siete decimales. Así, una micromedida tomada con ayuda de un microscopio electrónico sirve para decidir la temperatura de solidificación de un granito de varios de kilómetros cúbicos porque la muestra era representativa.

Por supuesto, toda medida es más o menos representativa, pero hay que saber de qué. El quiz está en comprender el factor de escala entre la muestra y el proceso. No se trata tanto de si lo medido es común o raro, grande o pequeño, sino de entender el significado de los procesos que determinaron su concentración o dispersión, su ubicuidad o su rareza. Por ejemplo, muchas mineralizaciones metálicas se encuentran asociadas a filones, así que los geólogos en el campo muestrean las fracturas y sus rellenos y se olvidan de lo demás. Pero al final, para determinar la viabilidad minera, lo que no se puede olvidar son las condiciones de representatividad de la muestra y que en este ejemplo vendrían limitadas a la extensión del cortejo filoniano.

Las mejores lecciones que nos enseñaron en la Facultad, las que todavía recuerdo, son las historias de proyectos mineros fracasados porque alguien se había olvidado de las condiciones de representatividad de las muestras, de fantásticas reconstrucciones paleoclimáticas del Cuaternario a partir de los sedimentos acumulados en embalses romanos, o de poblaciones envenenadas porque solo se atendió a la zona superior del acuífero, la más cercana a la superficie.

No hay reglas fijas para delimitar la representatividad de una medida. Los condicionantes del muestreo varían desde la simple incompetencia a la escasez de recursos, la comodidad, las dificultades de acceso, las particulares preferencias, o incluso la costumbre. A veces se imponen preferencias inconfesables o interesadas, pero en otras ocasiones simplemente se desconoce el alcance de lo que se muestrea. Y siempre puede haber sorpresas.

El carbono es relativamente abundante en la corteza, pues constituye un 1,2 % de su masa, pero es tan sólo el 0,009 % de la atmósfera, y es menos abundante aún en los océanos, donde supone solo un 0,0028 %. Y eso que el carbono es un elemento ligero y atmófilo, es decir, que tiende a constituirse como gas -el CO2– y enriquecer así la atmósfera. La razón de esta aparente inconsistencia es que los seres vivos fijamos el carbono y lo enterramos a buen recaudo en la  corteza terrestre, como un perro con su preciado hueso. Así pues, el secuestro del carbono por los seres vivos es el proceso dominante y debe ser el factor decisivo para interpretar la representatividad de una medida de CO2.

Los célebres registros del Mauna Loa y de otros muchos sitios– recogen desde hace décadas la recurrente  disminución del CO2 atmosférico cada verano y su recuperación invernal. La causa es la mayor actividad fotosintética de las plantas en verano y la degradación de la materia orgánica en invierno. Esto se nota sobre todo en el hemisferio norte, pues lo provocan las plantas terrestres, y la mayor parte de las masas continentales está en este hemisferio. En cualquier caso, la secuencia de causas y efectos es: mayor temperatura (radiación solar) → más actividad fotosintética → menos CO2 en la atmósfera.

En cambio, carecemos de registros comparables de los océanos. La causa es que somos criaturas terrestres y nos resulta mucho más costoso hacer aquellas medidas. Y más cuanta más agua encima menos información. De modo que tenemos un conocimiento más o menos aproximado de los procesos del CO2 en la superficie de los océanos, pero este conocimiento disminuye con la profundidad. Además, los procesos de difusión del CO2 en el agua son más lentos y complejos que en la atmósfera [1], por lo que la compartimentación es mayor y las medidas de una zona son menos representativas de lo que ocurre en todo el océano. Aún así, sabemos que, como las plantas terrestres, el fitoplancton marino aumenta su actividad en primavera, cuando hay más la luz solar (y sube la temperatura del aire y de la capa de agua más superficial, aunque esto al fitoplácton no le importa). Para crecer y alimentar su mayor metabolismo el fitoplancton toma CO2 del agua, con lo que también disminuye el CO2 disuelto [1] [2]. De nuevo, la secuencia de causas y efectos es: más luz solar (más temperatura) → más actividad fotosintética → menos CO2 en el agua.

A pesar de que nos refugiamos del frío en cavernas, como especie pertenecemos a los espacios abiertos. Así que del balance de CO2 en la corteza sabemos aún menos que del mar. Por un lado, el enterramiento de CO2 en la corteza terrestre se produce fijado como materia orgánica y por tanto está ligado a la productividad biológica, principalmente en mares y océanos. Del otro lado, la emisión de CO2 tiene lugar en regiones volcánicas en gigantescos eventos explosivos y de forma más o menos continuada a través de grietas o fumarolas, y fuera de estas regiones existe una emisión difusa quizá de menor entidad, también ligada a fracturas profundas. Además existe una emisión de CO2 por oxidación bacteriana de sedimentos y rocas de la que apenas sabemos nada [1] [2] [3] [4]…, y una emisión controlada por la variación de las condiciones de presión y temperatura del CO2 atrapado en suelos y rocas [1] [2]. Todas estas medidas suman los inconvenientes del acceso a medios tan inhóspitos como zonas volcánicas o el fondo de los océanos y los de una extrema segmentación.

En la atmósfera y en el océano, el aumento de la temperatura, o mejor de la luz solar, tiene como consecuencia la disminución del CO2 porque los seres vivos lo fijan y la entierran. Este es el proceso conocido. Es simple y está contrastado. Si eliminamos la temperatura como causa, no sabemos de ningún otro mecanismo que justifique las variaciones cíclicas de CO2.

A menudo se dice que los negacionistas del CO2 y el calentamiento global -entre los que me encuentro- somos una pandilla de indocumentados conspiranoides al servicio de petroleras y otros oscuros intereses económicos, y así se quiere desacreditar la evidencia que liga la temperatura a la actividad biológica y ésta a la fijación del CO2; por este orden. Del mismo modo, los calentólogos niegan que su fiebre esté alimentada por una camarilla de políticos-burócratas y organismos internacionales con nulo control democrático, que alientan la acción impositiva y reguladora de los Estados para aumentar su propio poder sustrayendo a los individuos sus derechos para resolver libremente sus propios problemas, e incluso para decidir cuáles son los problemas que quieren contribuir a resolver. Hay quien piensa que estas disputas son ajenas al debate científico y que no hacen sino embrollar el problema, pero en mi opinión están en el centro mismo del problema pues plantean la cuestión fundamental de la representatividad.

Pero el alcance e implicaciones de la disputa no se pueden entender sin atender a la naturaleza del asunto en cuestión: es una disputa por la materia de nuestra mismo ser.

Un tercio de nuestro peso es carbono. Nos relacionamos con otras personas de carbono, tenemos hijos de carbono y nos gusta verlo en nuestros jardines. Comemos carbono. Nos calentamos quemándolo,  y se lo damos a nuestros coches para desplazarnos. Por eso lo valoramos como el más preciado bien económico. Pero como nos ocurre con la comida, el carbono que excretamos es sucio. Nos disgusta la materia putrefacta, los fangos orgánicos de marismas y pantanos, donde se acumulan los desechos de organismos. Tememos la carne muerta, todo lo que huela a pérdida de carbono. Y como no somos plantas, esto incluye también al CO2.

Los humanos consumimos y evacuamos cada año una cantidad de carbono equivalente de más de 100 veces nuestra propia biomasa, y ya somos una de las mayores biomasas específicas del planeta. De modo que nos debatimos angustiados porque escasea el carbono para calentarnos y mover nuestros coches y estamos asqueados por todo el carbono que expelemos.

La disputa sobre el calentamiento global y sus causas se ha convertido en el centro del debate sobre cómo gestionar nuestro apetito, cuánto, cómo y qué debemos o podemos comer y excretar. Esta es una vieja querella sobre obligaciones y libertades, tabú y responsabilidad. Esta es la controversia científica de mayor alcance desde que en el siglo XIX se planteó si el mundo y nosotros mismos éramos el resultado de un plan divino o la espontánea consecuencia de un juego de azar. Pues bien, somos inteligentes y estamos en medio de un juego. Y lo que ahora está en juego es si la estrategia la decide una escogida representación de nuestra inteligencia, o bien la decidimos todos, porque al fin todos nos la jugamos.