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33. Tres (o cuatro) pequeñas minas romanas de oro en Vilachán. Tomiño. Para saber de los romanos, hay que leer a Agricola.

Al norte de Vilachán do Monte, sin salirnos apenas de la pista y en cómodo paseo de un kilómetro escaso,  podemos encontrar tres excavaciones que el ITGE denunció en su estudio como minería antigua, probablemente romana.

Gustavo, que es un hacha, dio con ellas por el simple método de ojear Google Earth, y en su blog podéis encontrar unas buenas fotos y descripción de estas pequeñas minas.

Todas las labores hispano-romanas tienen su interés, y por pequeñas que sean, todas enseñan algo sobre los métodos de trabajo de aquellos mineros de la antigüedad, pero estas tres -o cuatro- minas constituyen un ejemplo extraordinario de los métodos de exploración minera romana a la luz de los escritos de Georgius Agricolae , -Jorge el Agricultor- autor del primer tratado moderno de minería.

El caso es que existe una contradicción flagrante en la exquisita alineación de estas minas sobre la traza de la falla que señalan los mapas del ITGE y su disposición salteada y en dirección perpendicular a la falla. Por un lado los romanos clavan las labores sobre la traza de una falla cuya detección sería hoy tarea de un especialista en petrología endógena, y luego van y no excavan a lo largo de esa falla, sino que lo hacen en dirección perpendicular a ella. Esta es una contradicción entre práctica y teórica que se presenta a menudo al contrastar la extraordinaria profusión de las labores romanas y su limitadísima comprensión de los procesos geológicos, y es una contradicción que a menudo nubla los juicios y la valoraciones presentes sobre la capacidad o el rendimiento de la minería romana.

Agricola, que publicó De re metallica a mediados del siglo XVI, recopiló las técnicas de exploración que usaban los mineros de su tiempo para el uso de las venas metálicas. Aunque la obra de Agrícola tiene unos alcances y una ambición bastante más limitada que la de los antiguos, mucho más dados a la indagar sobre los principios rectores de la naturaleza, Agrícola hizo una aproximación a la realidad minera y geológica que hoy nos parece mucho más razonable y práctica que cualquier otra anterior que conozcamos, y aconsejó en primer lugar explorar los manantiales de agua, cuyo rastro -como el humo que denuncia el fuego- remitiría a los mineros hasta las preciadas vetas:

Pero también mediante la técnica podemos investigar las vetas ocultas y enterradas, en primer lugar observando las aguas  burbujeantes de los manantiales, los cuales no pueden distar mucho de las vetas ya que el agua surge de ellas 

Esta correspondencia entre venas de agua y las vetas metálicas es la que permite entender la disposición de estas tres -o cuatro- minas romanas de Vilachán.

El caso es que, -como ocurre a menudo-, esta falla actuó en su día -hace muchos millones de años- como superficie de debilidad a través de la cual intruyeron los diques y filones de cuarzo y la mineralización aurífera asociada, bien visible en diversos afloramientos de la zona, como los que muestro, en el entorno de la mina 3.

Y resulta que por un lado la falla constituye un elemento que debilita la roca y crea fracturas por las que se canaliza el agua, y por el otro los diques de cuarzo que en su día se insertaron en aquellas fracturas funcionan como muros impermeables al agua. El resultado es que la falla se interpone como una barrera geológica, favoreciendo el discurrir del agua en su propia dirección e impidiendo el paso del agua de uno a otro lado, de modo perpendicular a ella.

En Vilachán, al ser  la falla perpendicular a la pendiente topográfica -y por lo tanto al gradiente hidráulico-, esta barrera actúa como una gran presa subterránea que contiene el agua ladera arriba (al oeste) para dejarla salir solo por determinados puntos, lugares en los que esta presa está debilitada o rota. Es por esos puntos por donde se encauza el agua subterránea para formar pequeños manantiales a partir de los cuales se van formando pequeñas vaguadas que ladera abajo (al este) se transforman en arroyos. Y son estos manantiales y arroyos, estos rastros de agua, los que debieron seguir los antiguos mineros para localizar las vetas y excavarlas. 

El mapa de pendientes muestra de forma clara la coincidencia de la falla (señalada por la línea a trazos), con las cabeceras de las vaguadas y las minas 1, 2, 3 y 4?, esta última mucho menos marcada en la topografía que las anteriores pero que abarcaría -en caso de confirmarse- un área algo más extensa. Se da la circunstancia de que las minas 1 y 3 muestran todavía hoy los manantiales que las denunciaron, y  la mina 1 el manantial es aprovechado hoy por un moderno pozo construido en su boca. Me gustaría saber que explicación dan a estas viejas minas los comuneros que construyeron el pozo. Espero preguntárselo pronto.

 

 

25. Breve historia de la exploración del agua subterránea.

Las evidencias más antiguas de explotación minera del agua son un pozo de dos metros y medio de diámetro y cuatro metros de profundidad excavado en Siria hace unos nueve mil años y otro de diez metros de profundidad excavado en Chipre hace entre nueve y diez mil años. En Europa, el pozo más antiguo -de trece metros de profundidad, en Alemania- se remonta a hace unos siete mil años, y todavía se conservan maderas de su revestimiento interno. Hay que tener en cuenta que estos pozos fueron excavados en los inicios del Neolítico y por tanto con herramientas de piedra, pues la Edad del Bronce no comenzó hasta hace unos 5.500 años. En Daimiel, Ciudad Real, el pozo más antiguo descubierto hasta el momento en España tiene dieciséis metros de profundidad y se remonta a hace unos 4.200 años.

De los métodos de exploración de estos pozos, nada sabemos Los autores greco-romanos, que son los que nos han dejado mayor número de noticias de la Antigüedad, hablaban a menudo de corrientes subterráneas, a veces de magnitudes extraordinarias, que cruzaban continentes e incluso océanos para manar en el fondo de los mares o las cumbres de las montañas. Pero más allá de estas concepciones teóricas, poco escribieron del oficio concreto de buscar y aflorar el agua. El arquitecto romano Marco Vitruvio, en su Arquitectura, fue el primero que abordó la cuestión de forma práctica, aconsejando lo siguiente:

para buscar agua, te tumbas en el suelo al amanecer, con la barbilla apoyada en la tierra para limitar la búsqueda a lo que puedas ver en tal posición. La encontrarás donde veas salir los vapores de la tierra.

El seguimiento de las emanaciones vaporosas del suelo, más o menos sofisticado por Paladio, Casiodoro o Plinio, fue el método reproducido hasta el siglo XIX por todos los tratados como principal metodología científica de exploración de aguas subterráneas. A partir de entonces, fue olvidado por su alcance limitado a la exploración de manantiales superficiales.

Con la revolución industrial y científica del siglo XIX, la exploración de aguas siguió dos vías: una académica conforme a la aplicación de la Ley del francés Henry Darcy de 1856 y los avances de la cartografía geológica, y una vía popular o pseudocientífica, que aplicaba el arte de zahoríes a la búsqueda de aguas. Ambos métodos siguen aplicándose hoy día.

El origen de la radiestesia, que se basa en la manifestación de las perturbaciones subterráneas en una varilla portada por el zahorí, se pierde en la Historia, pero en cualquier caso era una creencia muy popular en los inicios de la Europa moderna. Paralelismos naturales, como la capacidades de ciertos animales de encontrar agua, creencias afines en otras culturas como el feng shui chino, todo tipo de invenciones infundadas y descubrimientos científicos en los campos del electromagnetismo y la biofísica han servido para mantener un cierto crédito popular sobre su utilidad y fundamento.

Para la ciencia académica, -y salvo minoritarias excepciones-, la radiestesia ha sido considerada en el mejor de los casos un fenómeno análogo al efecto placebo, tangible pero incontrolable y en cualquier caso basado en el engaño –a un tercero o a uno mismo-. De hecho, la  desconfianza sobre los poderes del zahorí y su ciencia son tan antiguos como el propio método y en De Re Metalica, el primer tratado moderno de minería escrito en 1530 por Georgius Agricola, se dice que

Hay grandes disputas entre los mineros a propósito de la vara ahorquillada, porque algunos dicen que es de gran ayuda para descubrir venas, y otros lo niegan.

Como descubrimos en la obra de Agricola, la vara era utilizada para descubrir las venas metálicas, una utilidad hoy perdida por la mayor efectividad de la ciencia geológica en la exploración minera. Así pues, la supervivencia del zahorí en la búsqueda de agua, más que por su propia efectividad, se mantuvo por la inutilidad del modelo académico clásico en medios rocosos fisurados.

Las rocas ígneas y metamórficas, –como los granitos y los neises de Galicia– son rocas impermeables, y el agua en ellas se mueve a través de las fracturas, que en su conjunto constituyen un medio discontinuo, por lo que la fórmula de Darcy no es aplicable y la aproximación matemática general resulta muy compleja y de poca utilidad predictiva. La exploración de aguas en estos medios fisurados requiere un conocimiento exhaustivo del terreno, justo el tipo de conocimiento que puede ofrecer una larga experiencia de trabajo en una misma zona, como la de los poceros locales, a menudo también zahories.

Si bien la radiestesia de estos poceros/zahoríes es a menudo encubierta y nunca aparece reflejada en los informes técnicos y la documentación del pozo, lo cierto es que como las famosas meigas, habelos, hailos, y en cantidad. En Galicia, la perforación de pozos de agua para autoconsumo se contrata casi siempre “garantizada”, de modo que el pocero asume el riesgo y el cliente paga solo los metros perforados del pozo o los pozos productivos.

Las características del terreno y la general abundancia de agua sostienen este sistema de trabajo: por un lado, los acuíferos de fisuración propios de los granitos y rocas metamórficas que forman el 90 % del sustrato gallego presentan un comportamiento muy variable, al circular el agua a través de delgadas fracturas cuya geometría es sumamente errática. Por otro lado, la abundancia de agua hace que la probabilidad de dar con una fractura portadora sea relativamente alta. Así pues este sistema equilibra los riesgos entre los clientes, ya que el pocero incluye su error estadístico en el precio medio de perforación, recuperando a la larga las pérdidas de una mala racha de su método intuitivo, y por ese pequeño sobrecoste el cliente se evita la posibilidad de tener que pagar cuatro pozos para tener uno.

De todas formas, incluso en Galicia, no queda demasiado recorrido al arte zahorí. En los últimos años, la creciente capacidad de los programas informáticos y el desarrollo de los métodos de exploración geofísica de resistividad que permiten obtener imágenes del terreno son nuevas y potentes utilidades al servicio de la exploración de aguas en acuíferos de fisuración. Por otro lado, conforme aumenta la demanda de aguas subterráneas, los pozos se harán más profundos y los caudales exigidos mayores, por lo que aumentarán los costes unitarios por pozo y disminuirá la probabilidad de un alumbramiento casual. Entonces la experiencia del pocero ya no será garantía suficiente contra el riesgo de la perforación.