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23. Rego da Serpe V. Cuentas pendientes.


Primera. Un gazapo. 
Al poco de subir la entrada de IV del Rego da Serpe  (hace más de un año, vaya!) caí en cuenta del error. El sanguiño no era tal, sino un endrino, -arbusto de secano típico de Cíes-,  que me desmonta la bonita etimología del sangrón/sanguiño. Qué le vamos a hacer… Pensé que alguien podría pillar el gazapo -sanguiño y endrino, además de rimar, tienen unos frutos rojizos a negros que pueden llegar a confundirse-, pero fui demasiado optimista… Esto no lo lee ni el Tato.

En cualquier caso, queda dicho.

Segunda. ¿Una herramienta?

En lo más alto del Rego, en una especie de hornacina entre tres pequeños bloques de granito, encontré una piedra que me llamó la atención.

De grano fino y similar a la roca que puede verse en el interior del Rego, lo sobresaliente es su forma romboidal, con sus caras laterales paralelas dos a dos pero buzando en sentidos opuestos. Una de estas caras laterales parece ligeramente cóncava, como si hubiera sido utilizada como afilador… ¿una herramienta pues? Valdría la pena verla al microscopio.

Tercera. Una solución difícil. No hay oro en el Rego.

El pasado verano le pedía ayuda a un compañero de la carrera que es Geólogo jefe de mina en una mina de oro en Asturias y lleva en el negocio veinte años. Le expliqué el asunto y me pidió que le mandara unas muestras para analizarlas en los laboratorios de la mina. Esa sería la manera más directa de zanjar el asunto. Además de oro, Santiago hizo analizar otros siete metales de interés en minería de metales preciosos, y cincuenta y ocho por métodos semicuantitativos. Todavía le debo a Santiago una comida por esto. A ver si es pronto. Pero a lo que aquí importa: nada de interés: en el Rego no hay oro, ni estaño, ni cobre ni nada de nada que merezca ser minado. La primera solución que le diera el Grupo Alén al Rego da Serpe, la más inmediata, la más fácil, debe ser descartada. No hay ya ninguna posibilidad de remitir el Rego a una razón práctica, moderna, lógica. Ningún beneficio posible que no sea… del más allá.

Así que nos queda el asunto de saber qué es el Rego bien difícil, y no nos queda otra que volver a las portaléns marítimas y equinoccialesal misticismo, a la causa sin razón. 

…siempre lo sospeché.

 

 

 

O Rego o Sías : La Hoz de las islas de la Hoz

5. Rego da Serpe, IV. Los Nombres de Cíes.

Para descansar un rato de diaclasados, mineralizaciones, tomografías y demás polisílabos geológicos, voy a ocuparme un poco de la toponimia del Rego y de Cíes. Mi interés por el asunto surgió a los llamativos nombre que identifican el propio Rego en la cartografía 1:10.000, utilizada por Parques Naturales como mapa base: Rego da Serpe o Sangrón.

Lo de Rego es un nombre habitual en la microgeografía de la costa rocosa gallega, como pedra, laxe, con o coido. En Montefurado, frente a la Isla Sur de Cíes, Roberto Rodríguez y Xosé Lois Vilar Pedreira, en su estudio de la Talasonimia da costa sur de Galicia, localizan un Rego da Furna, un nombre que podría encajar a nuestro Rego si no tuviese el mucho más sugerente apelativo da Serpe. Y es que si Rego es un accidente común, Serpe o Xerpe es un topónimo muy raro, tanto que no aparece en ninguno de los casi 1400 hidrónimos recogidos en Talasonimia, y el Nomenclátor de Galicia apenas recoge media docena de lugares.

Y sin embargo esta rareza es inversamente proporcional a la significación del topónimo, al menos desde que en 1922 Lopez Cuevillas y Bouza Brey, miembros de laGeneración Nos y pioneros de los estudios arqueológicos y etnográficos de Galicia, publicaran Os oestriminios, os Saefes e a Ofiolatria en Galicia, obra que en la que a partir de las tradiciones míticas galaicas sobre serpientes construyeron una narrativa histórico/mítica que ligaba el topónimo a una invasión celta ocurrida en el siglo VI a. C. y que marcaba la entrada de Galicia en la Edad del Hierro.

El otro topónimo, Sangrón, resultaba todavía más raro, extraño y evocador, pues no encontré otro semejante en Galicia y su similitud sonora y semántica me derivó enseguida hacia un ávido dragón, una suerte de Serpe Bichoca como la que los herederos de Cuevillas y Bouza-Brey han despertado últimamente  en el Monte do Seixo.

Con la Serpe hecha Dragón, el Rego se me antojaba ya una Portalén marítima y equinoccial por la que devolver Cíes al místico mundo Celta. Por desgracia, estas fantásticas referencias se desvanecieron al aparecer en A Guarda una Sangriña y en Ordes un Sangriño que no eran sino Sanguiños, Frangula alnus, arraclán y sangueño en castellano, un arbusto propio de las riberas de los ríos y zonas húmedas como el Rego. De vuelta a una toponimia más vulgar por culpa del modesto sanguiño, el Rego da Serpe ya no me parecía más que un tajo algo serpenteante, menos regular y acabado, prosaico incluso en su anómala orientación.

Pero como testimonio del húmedo ambiente del Rego, el humilde sanguiño se mostró mucho más bravo y aguerrido de lo que parecía, pues si la cadena etimológica que lleva de las actuales Cies a la medieval Sias y a las Insulae Sicae de Plinio está firmemente establecida y documentada, los sanguiños de Cíes desautorizan la interpretación más difundida de insulae siccae como islas secas o desérticas. A pesar de que de su costa oriental a la occidental las Cíes apenas distan quinientos metros de media y de que los desnudos riscos graníticos que afloran en buena parte de su superficie dan a las islas un carácter agreste, las Cíes-Sias-Sicae tienen agua en abundancia como para sostener y regar bosques, cultivos y poblaciones humanas, incluyendo las sedientas muchedumbres que pueblan las islas cada verano.

De hecho, los vestigios de asentamientos humanos se remontan en las Cíes a la Edad del Bronce, poblaciones que continuaron en la época castreña, el periodo romano, el medieval y la época moderna. Demasiada gente para unas islas áridas y desérticas.

Las discusiones etimológicas de la toponimia son a menudo interminables, no solo porque sus proposiciones son casi siempre muy difíciles de contrastar, sino porque quienes nombraron los lugares y guardado su memoria de nada sabían de etimologías y gramáticas; o si sabían algo, con frecuencia el resultado fue todavía mayor confusión. El actual nombre de Cíes, por ejemplo, es una mala castellanización del correcto Sías o Síes, que debería ser en castellano o bien Sicas o bien Secas.

Gonzalez Alemparte cuenta en sus Crónicas históricas de las islas Cíes que el primer documento que llama a las islas Cíes, de 1608, fue redactado por el visitador diocesano castellanoparlante Jerónimo del Hoyo. Por lo que parece, este buen hombre atribuyó la s inicial de Sies al seseo característico de la zona de las Rías Baixas, y como hombre de letras e instrucción quiso corregir el error popular escribiendo Cíes.

Etimólogos somos todos los que decimos verdades, o sea cualquiera. Mi propuesta particular para las Insulae Sicae -que además no necesita enmendar a Plinio añadiendo una segunda c como la de siccae- es considerar sicae no como nominativo sino como genitivo (y singular): las Cíes/Sías serían entonces las islas del puñal.

La sica –de donde viene sicario- era una pequeña espada curva popularizada como arma característica de los gladiadores tracios. Esta espada curva tenía el filo por el interior, es decir, por la concavidad de la hoja, al contrario que la cimitarra o los sables europeos modernos, que lo tienen la por su exterior o convexidad.

En esencia, la sica era una falx menor, es decir, una hoz de guerra. Lo fundamental es que de falx derivan las voces hoz y foz, que además de guadaña o rozón significan excavación o hendidura del terreno, y en paralelo, las Insulae Sicae vendría a ser las islas de la puñalada, del navajazo o simplemente del tajo, es decir, las islas del Rego.