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44. El oro del NO hispano y la política romana, I. La República.

La conquista de Hispania llevó a los romanos unos doscientos años. Fue la empresa de conquista más dilatada de la historia de la República y no se completó hasta el principado de Augusto.

Los romanos nunca trazaron un plan para conquistar la Península. Su dominio progresivo tuvo muchas causas incidentales y motivaciones, pero la ambición de la riqueza minera, la sed de oro, plata y otros metales fue una de las principales. Los botines de oro y plata y las inmensas rentas mineras fueron mucho más determinantes en la política romana y en la construcción y sostenimiento del imperio de lo que suele reconocerse, como también lo fue el agotamiento de esas minas.

En esta entrada, intentaré establecer cómo la riqueza minera hispana, y en especial la del NO influyó en algunos de los hechos más relevantes y conocidos de la historia del Imperio.

II Guerra Púnica.  

La segunda guerra entre Cartago y Roma fue en realidad una guerra por el control de Hispania. Tras la I Guerra Púnica, los cartagineses habían rehecho su poder gracias a su dominio en Hispania, y la guerra se inició tras la conquista de Sagunto el año 218 a. C.

Plinio, en el siglo I, recoge la noticia que la famosa mina de Baebelo, todavía en explotación en sus días, había proporcionado a Aníbal 300 libras de plata al día, lo que resulta en la increíble cantidad de 110.000 libras al año, 1.100 talentos romanos o 35 toneladas al año.

Para hacerse una idea, tras la I Guerra Púnica,que duró veintitrés años y en la que Roma perdió 700 naves de guerra y más de 50.000 ciudadanos, el Senado romano impuso a Cartago una indemnización inicial de 1.000 talentos y otros 220 anuales durante diez años. Gracias a Hispania, los cartagineses no solo pagaron esta enorme suma sino que se hicieron de nuevo poderosos y financiaron su segunda guerra contra Roma.

Los romanos comenzaron a ganar la guerra cuando Publio Cornelio Escipión tomó Cartago Nova el año 209 y derrotó a Asdrúbal en Baécula. A Asdrubal no le quedó otra que intentar pasar a Italia tal y como había hecho su hermano Anibal, pero fue esta vez no hubo sorpresa y fue derrotado. El año 206, Escipión derrotó de nuevo a los cartagineses en la batalla de Ilipa, expulsándolos definitivamente de Hispania.

Sin el recurso de Hispania, la aventura de Anibal y la propia Cartago estaban condenadas. Escipión fue elegido Cónsul el año 205 y el 204 desembarcó en tierras de Cartago, que firmo la paz el año 201.

Beneficios mineros durante la República. 

En Hispania, los romanos se encontraron frente a un nivel desconocido de riquezas. Cuando Escipión entró en Cartago Nova, además de encontrar varias naves cargadas de trigo, armas, hierro o cobre en bruto y otras muchas mercancías, y en la ciudad, junto con un tesoro de cientos de práteras de oro y copas de plata, se hizo con 18.000 libras de plata acuñada, es decir, 180 talentos, 5,9 toneladas de plata en monedas.

La riqueza minera de Hispania, ya legendaria pero más o menos oculta, pasó a Roma y comenzó a hacerse pública en todo el orbe. El Libro I de los Macabeos da cuenta el discurso de dos oficiales romanos que incitaban a los Macabeos a pedir el amparo de Roma hacia el año 162 a.C

Le contaron sus guerras y las proezas que habían realizado entre los galos, cómo les había dominado y sometido a tributo; todo cuanto habían hecho en la región de España para hacerse con las minas de plata y oro de allí, cómo se habían hecho dueños de todo el país gracias a su prudencia y perseverancia, (a pesar de hallarse aquel país a larga distancia del suyo). Mac I 8,2-4.

El libro de los Macabeos fue escrito hacia el año 100 a C, y para entonces los romanos habían conquistado dos tercios de la península, quedando fuera de su dominio únicamente las tierras montañosas al norte del Duero.

Del valor de la producción minera peninsular, creciente durante toda la era republicana, el historiador Polibio dijo que hacia el año 140 a. de C. las minas de plata de Cartago Nova, las mayores del imperio y en las que trabajaban 40.000 esclavos, reportaban 36,5 millones de sestercios al año a la República, 106.700 libras, casi 35 toneladas.

Para Polibio, el extraordinario rendimiento minero de la península fue, de forma curiosa, la explicación de la paz, pues ante semejante riqueza fácil cualquier posible botín de guerra era un premio menor y suponía un gran riesgo.

De cualquier modo, la sed de oro y la ambición de enriquecimiento rápido de los romanos destinados a la península les empujaban a cometer todo tipo de excesos y robos contra la población, excesos que dieron origen a frecuentes revueltas y las consiguientes respuestas militares de pacificación. Era en medio de esta política pacificadora que los ejércitos romanos se adentraban en la península y añadían nuevos territorios a las provincias hispanas. Además, estos recurrentes conflictos se enquistaban por la actitud del Senado romano, contrario siempre a cualquier solución negociada con los pueblos libres de Hispania que no pasase por la sumisión absoluta y puede que,incluso, partidario de una política de exterminio, lo que hoy llamamos genocidio. Al fin y al cabo, la oligarquía romana era la principal beneficiada por las guerras y la expansión del imperio.

Así, en el año 138, al año siguiente del asesinato de Viriato, se produjo la incursión de castigo del pretor Junio Bruto contra los galaicos por su apoyo a los rebeldes lusitanos, y de nuevo en el 137, siendo en esta ocasión cuando Bruto pasa el río Limia y sucede el legendario suceso de las legiones romanas detenidas frente al Limia-Lethes, episodio célebre gracias a los historiadores Tito Livio y Floro. Sobre los motivos de Bruto, sin embargo, nos informa mejor Valerio Máximo, aquí en una vieja transcripción de 1832:

Despues de haber conquistado Bruto casi toda la Lusitania y parte de la Gallaecia, aconsejaban los romanos a los vencidos que procuraran redimirse con oro de la esclavitud en que habían quedado; más ellos, notablemente orgullosos, les respondieron “que  sus antecesores les habían dejado hierro para resistir a los enemigos y no oro para comprar la libertad a un general tan avaro y codicioso como Décimo Bruto”. 

Bruto se internó en territorio de los galaicos, que probablemente vivían en el norte del actual Portugal y no en Galicia, los venció y regresó para no volver, pero su victoria fue recompensada con el triunfo en Roma y el mismo Bruto pasó a llamarse El Galaico, del mimo modo que el gran Escipión pasó a llamarse El Africano por su victoria sobre Cartago.

Sin embargo los romanos no regresaron al NO en treinta años. ¿Creyeron, en efecto, que no había oro ni otras riquezas que mereciesen la pena? ¿Detuvieron el impulso conquistador las reformas de los Gracos y las guerras cimbrias?  Quizá, como era la opinión de Polibio, la riqueza mineras de la Bética y de las tierras que se iban conquistando en la Lusitania y la celtíberia tenían lo bastante ocupados a los romanos como para interesarlos por completar la conquista peninsular.  Como hoy se sabe gracias a los estudios de paleocontaminación atmosférica, basados en las cenizas depositadas en las turberas de zonas montañosas como Serra do Xistral, la actividad minera y metalúrgica continuó aumentando en la península hasta mediados o finales del siglo I.

De cualquier modo, en el año 99 a. C. Lusitania vivió una última rebelión y fue entonces cuando Publio Licinio Craso emprendió una nueva expedición de castigo hacia el norte en los años 96-94 por la que recibió el triunfo en Roma. Pero de nuevo, bajo una operación militar se escondía la ambición de riquezas mineras, y esta vez según Estrabón (III, 5;11), el objetivo iba más allá del mero botín de oro y plata, pues Craso quería descubrir la ruta fenicia del estaño a las Casitérides.

Los habitantes de las islas Casitérides viven, po lo general, del producto de sus ganados, de un modo similar a los pueblos nómadas; poseen minas de estaño y plomo y los cambian, así como las pieles de sus animales, por cerámica, sal y utensilios de bronce que les llevan los comerciantes; al principio, este comercio era explotado únicamente por los fenicios desde Gadir, quienes ocultaban a los demás las rutas que conducían a estas islas. Un cierto navegante, viéndose perseguido por los romanos, que pretendían conocer la ruta de estos emporios, encalló voluntariamente por celo nacional en un bajo fondo, donde sabía que habrían de perseguirle los romanos; habiendo logrado salvarse de este naufragio, le fueron indemnizadas por el Estado las mercancías que había perdido. Los romanos, sin embargo, tras numerosos intentos, acabaron por descubrir la ruta de estas islas, siendo Publio Craso quien pasó primero y conoció el escaso espesor de los filones y el carácter pacífico de sus habitantes. (De aquí)

Que los romanos, dueños de la Bética y la ciudad de Cádiz desde hacía más de un siglo y de buena parte de la Lusitania desde hacía décadas, desconociesen todavía esta ruta comercial nos dice mucho sobre el carácter nominal de su dominio político y territorial, es decir, dependiente de vínculos personales y no institucionales y muchas veces ejercido de un modo puramente formal y simbólico más que real, y del difuso carácter que tenían las fronteras del Imperio, unas fronteras que hoy dibujamos con precisión en los mapas pero que eran poco más que amplias e imprecisas zonas de influencia. De este modo, la afortunada expedición de Craso abrió la costa de rías al comercio marítimo romano, pero tampoco animó la conquista.

Fuese por el escaso espesor de los filones, por la ausencia de noticias de oro y botín asociadas a esta incursión o por que se vieron enzarzados en los conflictos sociales y la sucesión de guerras civiles de Mario y Sila, incluyendo las guerras sertorianas, desarrolladas en Hispania, el caso es que el montañoso NO peninsular siguió viviendo según sus ancestrales costumbres, aunque comenzasen a notar cada vez más cerca el aliento romano.

Precisamente, en el marco de las guerras sertorianas, Marco Perpenia Veiento, lugarteniente de Sertorio, estableció una base militar en la ciudad de Cales, la actual Oporto para resistir a Metelo y Pompeyo, el futuro triunviro y rival de César,en el que posiblemente fue el primer asentamiento romano en tierras de la futura Gallaecia.

La campaña de Julio César del año 61y 60 a. C.

En el año 61, Julio César, como tantos otros antes, acudió a Hispania con el expresa intención de expoliar la provincia para hacer frente a sus deudas. Lo extraordinario del caso era el monto de sus deudas, unos 1.300 talentos, 44 millones de sestercios, 42 toneladas de plata, un suma digna de la ambición del nuevo propretor. La mayor parte de esta deuda, 830  talentos, la debía César a su socio y amigo Marco Licinio Craso, hijo y heredero del descubridor de la ruta del estaño, que por entonces se había convertido en el hombre más rico de Roma y cuyo nombre pasó a significar eso mismo, hombre inmensamente rico.

César, con su acostumbrada diligencia y genio organizativo, se presentó en Hispania antes de haber sido formalmente nombrado y de inmediato armó tres legiones para su campaña contra lusitanos y galaicos, a los que venció en el Monte Herminio. Persiguió entonces a los supervivientes hasta cercarlos en una pequeña isla cerca de la costa en la que lograron refugiarse. Pero entonces mandó César traer naves de Cádiz, y  ya en el año 60 obligó a rendirse a los refugiados, siguiendo entonces travesía hacia el norte, hasta el puerto de Brigatium, sometiendo a todas las poblaciones costeras al poder de Roma. Como resultado de su aventura hispana, César adquirió un inmenso botín con el que pagó sus deudas y compró voluntades que le dieron el  consulado ese mismo año. Prefieriendo el mando al honor, renunció al triunfo en Roma para ser Cónsul, pactando el primer triunvirato con Pompeyo y Craso.

César debía 1.300 talentos en Roma que liquidó al término de su campaña. Debió además pagar a sus tropas y la flota gaditana, y aún le restó para sobornar al senado para que le nombrase Cónsul. ¿A cuánto ascendía el total de su botín? Por desgracia, desconocemos cuánto obtuvo César de su mando en Hispania, pero considerando sus deudas previas, parece difícil que su beneficio personal fuese menor que aquellas, por lo que el monto total obtenido debió ser muy superior, quizá el doble o el triple. ¿Cómo pudieron aquellos pobres pastores proporcionar semejante tesoro?

A mi modo de ver la cuestión está en el conocimiento previo de César, que planeó su operación militar con sumo cuidado. Para empezar, César era amigo de Craso, y sin duda conocía de la expedición del padre de su amigo, treinta años atrás. Además, para entonces los romanos comerciaban directamente con las Casitérides desde Cádiz y César, que ya había servido en Hispania ocho años antes y había estado en Gades, contó para su campaña con la ayuda de Lucio Cornelio Balbo, romano de noble familia gaditana, y preparó con la flota de aquella ciudad. Así pues, César sabía dónde iba y qué podía encontrarse. Las crónicas dicen que antes de partir de Cádiz, César imploró protección de Hércules y su viaje alcanzó Brigantum y el golfo Ártabro, es decir, que llegó hasta Coruña, donde se sitúa la Torre de Hércules.

Lo más interesante es que en este periplo marítimo no hay recuerdos de lucha, ya que los cronistas, por ejemplo Dion Casio, dicen que los pueblos costeros se le rendían a César a la vista de la flota, ya que nunca antes habían visto embarcaciones de semejante porte. Pero esto es sencillamente falso, ya que los barcos de César no eran otros que los de la flota de Gades, que comerciaban desde antiguo con estas costas, y antes que ellos lo habían hecho los púnicos y los fenicios.

Así que mi interpretación personal es que César logró en su viaje fue un acuerdo de comercio favorable a ciertas familias de Gades, en concreto la de los Balbo; algo así como una especie de monopolio comercial, similar a los que en la Edad Moderna mantenían las empresas holandesa o británica de Indias; en definitiva una colonización comercial.

Hay que pensar que en la costa gallega, si bien había multitud de castros y algunos emporios de comercio, no había ninguna ciudad lo bastante grande o lo bastante rica como para justificar las exorbitantes ganancias de César. Y César, aunque podía tomar cualquiera de estos castros y emporios, no podía en una breve campaña tomarlos todos, ni podía evitar que los habitantes de la mayor parte escapasen al interior, donde además se encuentran la mayor parte de las minas. Así que, en efecto, solo mediante un gran acuerdo y un reconocimiento general de dominio de las poblaciones costeras pudo César hacerse con el gran botín que pretendía.

César se cuidó no solo de derrotar a los Lusitanos en el Mons Herminio, sino que los persiguió y desechando en ese momento hacerse con el botín no cejó hasta lograr su completa rendición. De este modo César se presentó en las costas de Galicia precedido por su absoluta victoria sobre los lusitanos, y cuando ya no había fuerza opositora al sur del Duero que pudiese frenarlo si decidía conquistar el territorio.

La culminación del viaje que César iniciara bajo la advocación de Hércules gaditano en tierras de Brigantium, donde se alza la Torre de Hércules, adquiere así un significado ya no propagandístico hacia sus conciudadanos, como muchos han dicho, sino para con la población hispana, tanto en Gades como en la futura Gallaecia.

Como no podía ser de otra manera, la firma del tratado entre César y los castreños debió establecerse mediante un  vínculo religioso, y quizá Hércules, el divino guerrero vencedor de Gerión, rey de Hispania, honrado en Gades y con un equivalente en la sociedad guerrera castreña fue la divinidad elegida. Es opinión generalizada que la Torre de Hércules fue levantada por Augusto sobre un lugar ya ocupado y usado de antiguo, y éste podía haber sido aquél que recordaba a su padre político Julio César.

Tras el acuerdo, César pudo llevarse a Roma no solo las riquezas con que los castreños le honraron, riquezas que por su extraordinario monto debían incluir productos del oro galaico, sino también de la misma ciudad de Gades, que le pagaría así su protección personal y el beneficio de unas bases comerciales reforzadas gracias a la campaña y el poder militar de César.

Consecuencias. 

Como muestra la vida de Julio César, las fortunas hispanas servían en Roma para costear cargos y carreras políticas. Hay que tener en cuenta que el patrimonio por el cual un ciudadano romano adquiría el rango ecuestre era de 400.000 sestercios, es decir, 100.000 denarios o 325 kg de plata, y por tanto una tonelada de plata podía crear tres nuevos caballeros. Por otro lado, en tiempos de César y Augusto, un legionario romano cobraba unos 225 denarios al año, es decir unos 0,85 kg de plata. Y las minas hispanas enviaban decenas de toneladas de plata a Roma cada año.

La conquista de Hispania creó una nueva clase de potentados y cambió por completo el carácter de la República hasta en los aspectos más cotidianos. El año 61 Julio César abandonó Roma hacia Hispania antes incluso de tomar posesión, según algunos por temor a ser apresado por sus inmensas deudas, y según otros por las prisas para organizar su pretura. Sin embargo, otros  antes que él ya habían forzado los plazos, pues hacia el año 153 a C  Fulvio Nobilior empezó su consulado el 1 de enero y no el 15 de marzo para poder llegar a Hispania a tiempo y aprovechar la estación primaveral para hacer la guerra. Debido a ese adelanto, todavía hoy el calendario anual comienza en el mes de enero.

La lejanía de Hispania, que recordaba el texto de Macabeos, y las especiales condiciones de la guerra en la península animó también a los romanos a establecer cargos bianuales y no solo anuales como era tradición, para que los generales pudieran tener tiempo de conocer el terreno y las peculiaridades de las guerras hispanas; y empujó a los romanos a atacar la Narbonensis para mantener un corredor continental hacia Hispania, y finalmente a hacer del Mediterráneo un Mare Nostrum.

Por último, Hispania se convirtió en la academia militar de casi todos los grandes nombres de la historia republicana y en una firme y poderosa base de su poder clientelar para algunos de ellos, como demostraron los hijos de Pompeyo. La resistencia que los hijos y partidarios de Pompeyo lograron oponer ante César una vez el propio Popmpeyo había muerto y César era dueño absoluto de Roma demostró al mundo el poder y riqueza de las provincias hispanas. El propio César dijo, tras la definitiva batalla de Munda, en la Bética, que muchas veces había luchado por la victoria, pero solo en aquella batalla luchó por su vida.