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72. Mámoas, petroglifos y castros: piedra, bronce y hierro. Las Edades del hombre.

El pasado sábado 13 de diciembre fui a una salida piloto de  Rockartroll. El objetivo era pasar un buen día caminando entre petroglifos y aprender un poco sobre el arte rupestre del NO peninsular, uno de los lugares con mayor concentración de petroglifos de la Edad del Bronce del mundo.

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Pasamos muy buen día, todos aprendimos algo, y hasta probamos a arponear un ciervo con una lanzadera como las que usaban los cazadores que tallaron los petroglifos que vimos. En resumen: de lo más recomendable.

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A pesar de que el grupo era bastante heterogéneo, con especialistas en el asunto, aficionados con vagas nociones como yo y gente que no tenía ni idea, el equipo de Rockartroll supo hacerlo interesante y accesible a todos.

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Ahí se nota el oficio de guías. Leo y los demás saben explicar y transmitir, también hay que decirlo, ayudados por el entorno. Que no es lo mismo que te lo cuenten en un aula o en un museo que en en el sitio.

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Aunque en el paisaje han cambiado muchas cosas desde entonces, con ayuda de las explicaciones de Leo se podía sentir un poco lo que era vivir en aquel entorno salvaje que apenas había comenzado a humanizarse.

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Y como guinda del pastel, acabamos en Ponte Caldelas para comer unos riquísimos platos de setas, ciervo, liebre y codorniz que ya les gustaría comer a aquellos cazadores de la Edad del Bronce. Aquí os dejo la foto del feliz grupo:

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El caso es que con lo visto y escuchado en esta inspiradora visita guiada a los petroglifos del área de Pontevedra y al viejo mundo de los habitantes del Bronce galaico, he recordado el mito clásico de las edades de la humanidad y lo he puesto en relación con la ¿protohistoria? de Galicia.

Edad de Oro ¿o de piedra?

Edad de Oro ¿o de piedra?

Porque tanto para los antiguos griegos como para los modernos arqueólogos, las edades del hombre se leen en una clave geológico-minera. Estoy hablando claro, de la edades preciosas de Oro y Plata, cuando los hombres vivían junto a los dioses; la Edad del Bronce, pródiga de héroes terribles; y la miserable Edad del Hierro, en la que vivimos hoy, Quizá si Hesíodo viese nuestro mundo añadiría una moderna Edad del Barro, o mejor de la Brea.

Hesíodo

Hesíodo

La revisión arqueológica del mito de Hesíodo no difiere demasiado de la original si aceptamos el cambio del oro por la piedra.

Iniciamos entonces la aventura humana con el hombre feliz y russoniano de la Edad de Piedra, reconocible también en sus versiones oro y plata: Neolítico y Calcolítico, al que sigue el hombre de la Edad del Bronce, casi tan terrible y heroico como el de Hesíodo, y terminamos con el hombre violentísimo e impío de la Edad del Hierro, que llegaría hasta nuestros días o casi, quizá hasta la Revolución Industrial. Así, según esta mitología, hoy nos encontramos en la Era del Petróleo.

¿Era del Petróleo?

¿Era del Petróleo?

De un modo más prosaico, las edades arqueológicas del hombre hacen referencia a los materiales y útiles que nuestros antepasados usaron y por medio de los cuales los cuales son estudiados, como armas y herramientas, pero de un modo más profundo -y real- hacen referencia a la relación de estos hombres con su ambiente, no solo material, sino espiritual. Es en esta aproximación espiritual a la genuina esencia del hombre donde los arqueólogos se muestran más sutiles y donde, por supuesto, encuentran las mayores dificultades, enredándose a menudo en discusiones tan apasionadas como interminables. A pesar de que algunas de estas discusiones tienen mucho de bizantinas, lo cierto es rondan el genuino hueso de la Historia mucho más que otras aproximaciones aparentemente más fundadas y materialistas.

Al grano. El caso es que en Galicia, a grandes rasgos, la expresión monumental y la arqueológica de los hombres del Neolítico, la Edad de Piedra/Oro, son las mámoas y antas; de la Edad del Bronce son los petroglifos; y de la Edad del Hierro son los castros.

castro san cibrao

Es claro que nuestros protohistóricos dejaron otros restos y que por ejemplo, el estudio -hasta ahora reducidísimo- de los asentamientos del Bronce habrá de proporcionar una información determinante en la interpretación de sus condiciones de vida, pero lo cierto es que la más evidente expresión de los hombres del Bronce frente al tiempo son los petroglifos, del mismo modo que la de los neolíticos habían sido las mámoas. No es solo que los hombres del Neolítico aprendieran a fundir el bronce, cambiaron su mentalidad, sus costumbres y su relación con su entorno de tal modo dejaron de construir tumbas monumentales y se pusieron a grabar las piedras para sí mismos y la posteridad.

Tanto las mámoas como los petroglifos y los castros son formas de apropiación del territorio y los arqueólogos lo saben bien. Los especialistas de los petroglifos, por ejemplo, utilizan el entorno para interpretar su significado, y de hecho una de las primeras interpretaciones de muchos petroglifos gallegos fue la de entenderlos como mapas del territorio en el que se encuentran.

Petroglifo de A Cabeciña

Petroglifo Pedra das Ferraduras. Fentáns.

El caso es que, a mi modo de ver y de un modo general, señalar el territorio mediante tumbas, petroglifos o castros muestra una petrificación de la relación de los hombres con el entorno: la apropiación se vuelve cada vez más dominadora, más incisiva, más intervencionista, más dura.

mamoa

Mámoa

Es evidente que la señalización del paisaje nace con la sedentarización del hombre. Las mámoas pertenecen al Neolítico, la edad en que el hombre se aquieta para hacerse agricultor -o quizá jardinero, en principio- y se vincula por tanto a un territorio particular. En Galicia -y esto ya lo contaré en otra entrada- las mámoas se disponen en relación al agua y las cuencas fluviales, delimitándolas. Pero para lo que ahora me interesa, lo importante es que la relación con el territorio se realiza a través de los antepasados. El constructor de las mámoas  se ligaba a sus campos -quizá en realidad a sus pastos para el ganado, de modo que era más ganadero que agricultor- a través de la memoria de sus padres. Eran los espíritus de los padres los que señalaban y humanizaban el territorio.

Petroglifos de A Cabeciña

Petroglifos de Pedra das Ferraduras.

Los petroglifos, en cambio, señalan de un modo distinto. Como explicaban tan bien los de Rockartroll, los petroglifos están ahí para exaltar al guerrero, al héroe y al cazador, para glorificar sus atributos de macho guerrero, su derecho sobre la caza y las hembras, sus divinidades, su paso por el mundo y al propio paso del tiempo, expresado esto mediante la alusión al ciclo solar en sus diversas iconografías del ciervo o el carro. Los círculos concéntricos bien pudieran señalar brañas o los propios poblados, según dicen unos, hornos de fundición según otra posibilidad, la propia estirpe y los lazos de clan, según me gusta pernsar a mí, incluso estados de alucinación y éxtasis inducidos por las drogas, como tambien han propuesto. Sea como fuera, los petroglifos ya no aluden a los antepasados, sino la propia vida de los hombres, y a sus experiencias presentes. La apropiación se hace ahora de forma directa por unos habitantes que intervienen, que se imponen, que muestran sus derechos a la caza, a la metalurgia, al disfrute y al señorío de un territorio quizá ganado por las armas.

Petroglifos en Tourón

Petroglifos en Tourón

Es probable que las condiciones de vida y de explotación de los recursos no cambiasen demasiado del Neolítico al Bronce. Incluso se podría haber mantenido la articulación fluvial del territorio. La exaltación de la caza quizá nos habla también de una población básicamente ganadera que sin embargo exalta la caza como recordatorio de sus orígenes ancestrales, una actividad que se mantendría ya solo como  símbolo de estatus y poderío. En cualquier caso, la relación íntima con el ambiente sí cambió, y la expresión de ese cambio es el olvido de la cultura de mámoas para dar paso al nuevo arte de los petroglifos.

representación arqueológica de un castro

representación arqueológica de un castro

Para terminar, viene el castro, que supone la definitiva apropiación del territorio. Resulta fascinante como la estructura del castro reproduce los círculos de los petroglifos. Es como si los laberintos se convirtiesen en ciudades. Lo cierto es que el castro petrifica el poblado de la Edad del Bronce. Pero hace más. El castro introduce nuevos límites, los crea, en realidad, levanta muros, y excava fosos.

Castro de San Cibrao

Castro de San Cibrao

El castro, que es castillo, atalaya, ciudad fortificada, reparte de un nuevo modo, por completo artificial. Es la definitiva humanización y dominio del espacio natural.

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