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16. A vueltas con el clima, III. Fin del cuento

Las variaciones del CO2 son posteriores a los cambios de temperatura.

El trabajo de Vostok es extraordinario. Cada metro de sondeo hay una medida de temperatura del aire calculada a partir del contenido en deuterio del agua congelada. A distancias irregulares, desde menos de 1 metro hasta un máximo de 74,6, se midió el contenido de CO2 de las minúsculas burbujas de aire atrapado en el hielo. En total para los primeros 3310 metros de sondeo publicados por la NOAA (el sondeo sigue avanzando hoy día)  hay 3302 medidas de temperatura y 363 de CO2.

Para calcular la edad de las medidas, varios científicos construyeron y probaron diversos modelos de acumulación del hielo, y usaron multitud de correlaciones. Como la nieve recién caída es permeable al aire hasta que se entierra y compacta lo suficiente como para formar una densa roca, las medidas de temperatura y CO2 tienen cada una su propia escala temporal, y para una misma profundidad de sondeo, la medida de temperatura atmosférica es siempre más antigua que la de CO2 atmosférico, unos 4066 años más antigua de media.

Así, que teniendo en cuenta todas estas variables, y puesto que cada medida tiene asignada una antigüedad, es posible correlacionar las 363 medidas de CO2 con otras tantas medidas de temperatura de edad parecida. Podemos conseguir pares de medidas de CO2 y temperatura con una diferencia media de edad de 50 años, cuando los lapsos temporales medios entre pares de medidas son de 1149 años. Unos datos de partida excelentes para un periodo que va desde hace 2.300 años hasta hace 417.000. El resultado de esta correlación entre CO2 y temperatura, como sabemos, es inequívoco: R2 de 0,7617.

Y ahora lo mejor. Para cualquier serie temporal de medidas, hay un cierto desfase que podemos admitir en las medidas con sólo una ligera pérdida de información. Por ejemplo, si tomamos los datos de lluvias diarias de un año, y calculamos su correlación con las medidas de lluvias del día siguiente -o del anterior-, lo normal es que tengamos una correlación todavía alta. Más aún para las temperaturas; si correlacionamos las temperaturas de un día con las del día siguiente, lo normal es que la correlación sea alta, pues los cambios de temperatura media diaria suelen ser más graduales que los de precipitaciones. Pero a medida que separemos los días de medida la correlación caerá, midamos temperaturas o precipitaciones. Y en principio, si no hay una relación de causalidad temporal, la pérdida de información será la misma, correlacionemos la temperatura media de un día con la del anterior o con la del siguiente.

Esto lo podemos hacer con dos variables, y es lo que hacemos con la temperatura y el contenido en CO2 atmosférico del sondeo de Vostok. Calculamos la correlación para medidas de temperatura y CO2 de la misma edad, y desplazamos las escalas arriba y debajo. Y el resultado es incontestable: la pérdida de correlación es mucho más rápida si las medidas de CO2 atmosférico anteceden a las medidas de temperatura que si es la temperatura la que antecede. De hecho, la máxima correlación no se obtiene para medidas de la misma edad, sino que son las temperaturas de un milenio antes las que mejor correlacionan con las de CO2 atmosférico. Esto significa que hay un retardo de aproximadamente un milenio (según nuestra gruesa escala de medida, de ± 1 milenio) entre el calentamiento y la expulsión de CO2 a la atmósfera.

Y aún más, la pérdida de correlación de los valores de CO2 es claramente asimétrica, indicando una dependencia de los niveles de CO2 en cualquier momento respecto de los valores de la temperatura en los milenios anteriores. Es decir, existe una inercia del CO2 en la atmósfera causada por el mantenimiento de valores de CO2 –bajos o altos- del pasado.

La liberación o absorción de CO2 es claramente dependiente de la temperatura, y si la máxima correlación tiene lugar dentro del primer milenio siguiente al cambio de temperaturas, el ajuste persiste a lo largo de algunos milenios más.

11. Por qué NO creo que el CO2 sea el agente del cambio climático.

La Geología es una ciencia muy poco matematizada. A diferencia de lo que ocurre en los abordajes de la Física, la Química, o incluso de la Biología, pocos procesos geológicos pueden ser reducidos a una formulación matemática estándar. Los modelos geológicos suelen ser poco más que ejemplos, secuencias de acontecimientos o conjuntos de características –facies– de utilidad taxonómica y descriptiva, pero casi nunca prospectiva. Fuera de su ámbito estricto, los modelos geológicos tienen un alcance escaso y dudoso, y extrapolar las consecuencias de un modelo –lo que en suma es generalizar- resulta siempre arriesgado, cuando no contraproducente. Podríamos decir que la incertidumbre asociada a cualquier tipo o ejemplo geológico suele crecer en un orden superior a la de su extensión temporal o geográfica, y que la utilidad del modelo disminuye en un orden superior a su concreción. Vamos, lo que se dice matar moscas a cañonazos.

Por poner un ejemplo simple de un modelo conocido y contrastado, tomemos una de las relaciones logarítmicas que existen entre las diversas variables hidrográficas de un río: el caudal de un río a lo largo de un cauce es (suele ser) función logarítmica de la longitud del cauce medido. Bien. Esto es (suele ser) cierto. Pero también lo es que esta función cambia de un río a otro, y (de modo general) cambia más cuanto más alejadas están las cuencas, pues el régimen de lluvias o la configuración de las cuencas varía más al cambiar el clima y el relieve. Así que si medimos un río podemos extrapolar con cierta seguridad los resultados al vecino, pero con muy poca a otro río mucho más lejano, o si medimos el caudal de un gran río en su desembocadura, los resultados poco nos dirán del pequeño afluente que vierte en él sus aguas en las montañas a miles de kilómetros. Estas irregularidades hacen que las generalizaciones matemáticas sean de muy poco provecho en Geología.

Además de esta incapacidad matemática, la Geología es, por razones obvias y con diferencia, la menos experimental de las ciencias naturales. Resulta muy difícil –cuando no imposible- reproducir en un laboratorio los procesos geológicos, y sobre todo, su escala temporal. A pesar de que el actualismo haya sido desde los principios de esta ciencia una guía de enorme ayuda para desentrañar y reconstruir la historia del planeta, el presente es, apenas, una capa de polvo en la superficie terrestre. Así que, en vez de  reproducir en laboratorio el choque de continentes, el plegamiento de las capas geológicas o la evolución de las especies, los geologos experimentales construyen modelos teóricos, modelos que a los propios geólogos nos resultan casi siempre sospechosos y por los que no solemos mostrar gran aprecio y sí escepticismo, por las razones ya expuestas.

En compensación de estas carencias, la Geología es con mucho la ciencia más empírica de todas. Una medida bien hecha, un pequeño afloramiento, el registro de un fósil es para los geólogos el argumento definitivo. Para nosotros, el hecho, el dato contrastado, es mucho más fuerte que cualquier experimento o cualquier modelo teórico. De este modo –creo-, los geólogos somos tercos en la evidencia y escépticos ante la teoría.

Y aquí entra el CO2. Una de las evidencias más notables que he visto jamás en Geología es la cerrada correlación entre CO2 y temperatura medidas en el sondeo del hielo austral de la base Vostok [1] [2] Este sondeo extraordinario, cuya realización y completa medición supuso más de dos décadas de intenso trabajo, es el principal fundamento empírico de la relación entre CO2 y temperatura del aire. Y aquí es donde radica mi escepticismo, pues si la evidencia es incontestable, la interpretación de que el CO2 es la variable independiente de la correlación es gratuita, absurda e increible. Me he tomado la molestia de calcular la correlación entre las medidas de CO2 atmosférico y temperatura relativa de los registros de Vostok. Lo he hecho año a año según la escala temporal propuesta para las mediciones. El valor R2 de la correlación es de 0,76. Según la teoría, esto significa que un 76 % de la variación de la temperatura se explica por las variaciones en el contenido atmosférico de CO2. Y esto es simplemente absurdo. Según la NOAA, – por poner una referencia- las variaciones de la temperatura de la Tierra dependen de las variaciones orbitales, de la variabilidad solar, de los aerosoles volcánicos, de los aerosoles troposféricos y los gases traza atmosféricos –los famosos gases de efecto invernadero, que incluyen el metano –CH4– y el anhídrido carbónico, –CO2–. Muchos modelos climáticos incluyen también la vegetación, el albedo, el vapor de agua, el tipo de nube, el niño, la niña… ¿Pero para qué haría falta todo esto si ya tenemos explicado un 76 % de la variabilidad de la temperatura?

Lo curiosísimo es que, en la práctica y a pesar de lo que se diga, nadie cree de verdad que la variación del CO2 en la atmósfera cause de forma directa o indirecta del 76 % de la variación de la temperatura. Ni siquiera el ICCP. Y por eso, para poder explicar esa coincidencia del 76 % entre la temperatura y el CO2 de y mantener la milonga del CO2  antropogénico como causa del calentamiento global, se han inventado las famosas –y socorridas- retroalimentaciones.

El problema es: si el clima es tan complejo y todas las variables son dependientes unas de otras ¿cuánto de aquel 76 % de variación de la temperatura en los últimos 400.000 años se puede atribuir al CO2? ¿La mitad? ¿Un tercio? ¿El uno por cien? Lo cierto es que, por el momento, ninguna evidencia geológica contesta a esta pregunta. Pero si aplicáramos la correlación de Vostok al CO2 atmosférico actual, la temperatura debería ser hoy… ¡atención!!! ¡¡unos 14 º C mayor que hace un siglo!!! Y los del IPCC preocupados por unos miserables 0,8 ºC. Se me dirá que la correlación de Vostok no se puede usar para calcular el efecto de la concentración de CO2 en la temperatura global, pero entonces ¿se puede usar como prueba de los efectos del CO2 en el clima terrestre?