18. Una mina romana en Oia. Microarqueología minera.

Esta pequeña explotación en el municipio de Oia (516590W; 4651180N) es una de las más vistosas de la cizalla de Caminha-Baiona. Se trata de un hueco minero de unos 20 por 12 metros y unos 4-5 metros de profundidad que se continúa diez metros ladera abajo por una zanja de unos 30 metros de longitud, 4-5 de anchura y unos 2 metros de profundidad máxima. Esta zanja sigue la dirección N-S, que viene a coincidir con la máxima pendiente de la ladera del monte.

Pero lo que destaca de esta excavación es que se emplaza paralela por el este a un prominente crestón granítico, con señales de cantería. Justo a la altura del espacio sin excavar entre la zanja y el socavón, este dique granítico se encuentra tallado para permitir el paso, y unos metros más al oeste se encuentran dos pequeños muretes de piedra, a modo de cimientos de una posible construcción o camino en la ladera.

En el entorno de esta vistosa aunque pequeña excavación otras excavaciones aún más modestas y tan poco vistosas que podrían pasar desapercibidas hasta para un especialista no demasiado atentonos ofrecen una imagen de la minería romana del oro muy alejada del gigantismo de los relatos de Plinio y los acostumbrados ejemplos de las Médulas, Montefurado o Tres Minas, imponentes modelos de la ingeniería romana más monumental, aquella que nos evoca las consabidas legiones de obreros y esclavos, una sobrada capacidad organizativa y un ejemplar diseño ingenieril. 

Por el contrario, las zanjas visibles -a veces con dificultad- en este yacimiento remiten a una minería artesanal, casi minifundista, adaptada a las propias condiciones geológicas que dispersan el oro primario en pequeños filones, vetas que si bien pueden contener leyes altas, no alcanzan a concentrar una masa crítica que rentabilice una gran explotación. Estas pequeñas excavaciones para las que sobran una cuadrilla de mineros ya no remiten a grandes organizaciones ni justifican la dirección o el concurso de destacados ingenieros y -por lo menos a mí-, sugieren una actividad temporera y secundaria como la de las oureiras tradicionales  e incluso una minería clandestina como la del wolframio durante la guerra europea, una actividad económica complementaria para redondear ingresos, acceder a los productos de prestigio de la economía monetaria romana y pagar sobornos, favores -o la propia libertad- al poder romano local. 

En total, he localizado en las proximidades de la zanja descrita otras tres trincheras, la mayor de 35 por 15 metros y unos 2-3 metros de profundidad (dirección N120), otra de 35 por 8 metros y 1-2 metros de profundidad (N90) y una tercera de 18 por 5 metros y 1-2 metros de profundidad (N70). En el entorno inmediato de estas zanjas, pequeños escalones e irregularidades en el terreno denuncian la existencia de otras excavaciones menores, cuya cartografía exigiría un trabajo de microarqueología minera.

Hoy, también este yacimiento se encuentra descatalogado y amenazado. Por el norte, otra plantación de kiwis ha arrasado de suelo borrando cualquier vestigio de minería que pudiera haber en hectáreas, salvándose las zanjas que aquí se describen por los pelos. Y por todas partes, la fiebre caminera de las comunidades de montes y los métodos absolutamente irresponsables de gestión forestal amenazan con llevarse por delante todo lo que encuentren a su paso para plantar, limpiar o talar cuatro pinos que no pagan la gasolina que gastan.

Cualquiera puede comprobar en Google Earth o en un paseo por cualquier monte  a destrucción acelerada que asola Galicia. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Es que lo hacen por deporte? ¿Es que no les importa nada o es que les pagan por destruir? Sea como sea, están arruinando la casa de sus padres.

 

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